Un zumbido incesante se escuchaba sobre una fina tela de araña. Esta, cuya forma orbicular se extendía entre dos pequeñas ramas, atrapaba entre sus cuerdas a una mosca apesumbrada.
Ella había optado ese camino y, como muestra de gratitud a sus hermanos, alertaba a los otros insectos que revoloteaban cerca del lugar con aquel estruendoso ruido. Entonces, uno de ellos, una polilla marrón, con diferentes tonalidades grisáceas y un estampado sobre su tórax similar al de una manzana, se acercó a ella a pesar de las advertencias de la mosca.
Cuando posó sus patitas sobre los hilos, el blanco tejido atrapó a la ilusa polilla al igual que a su compañera.
—¿Qué has hecho? —preguntó la mosca, boca arriba, observando con sus ojitos el movimiento desenfrenado de su amiga, que intentaba huir de la alba brizna de hilo.
—Trataba de ayudar —respondió, abatida—; sin embargo, ambas estamos ahora atrapadas.
—Debiste dejarme aquí, mi destino estaba ya escrito.
—Pensé que podríamos volar juntas fuera de aquí…
—Y ahora ambas pereceréis bajo mis colmillos —dijo una voz fría a lo lejos.
Provenía de uno de los hilos que pendían del centro. En el extremo, una araña de gran tamaño trepaba hasta la parte superior de la tela. Sus patas alcanzaron la cima y se acercó lentamente hacia sus presas.
—Te lo agradezco, mosca —dijo esta, observando a ambas—. Trajiste a mi hogar el sustento para que mis retoños, que en breve nacerán, puedan alimentarse.
Unas perlas grisáceas se amontonaban en el lateral derecho de la telaraña. Un leve haz de luz se reflejaba tenuemente sobre ellos. Habría una treintena —o incluso más— apegotonados entre sí.
La araña alcanzó primero a la polilla, que había desistido en intentar huir; pero, para sorpresa de la depredadora, era ahora la mosca quien luchaba por escapar. Sus alas se movían frenéticamente, y unos gritos angustiosos provenían de ella.
—Pensé que ya habrías aceptado tu destino.
—¡Déjala! ¡Tómame a mí!
La polilla temblaba bajo una de las patas de la araña, que la había posado sobre el estampado de su cuerpo. Esta observaba los ojos cínicos del arácnido, que veía ambas escenas con indiferencia.
—¡Vamos! —repitió la mosca, angustiada—. ¡Yo soy tu presa, no ella!
Los colmillos de ella se acercaron con velocidad hacia la polilla. Una risa frígida provino entonces de la araña, que se alejó entonces de su víctima. Sus patas recorrieron todo el camino hacia la mosca en cuestión de segundos —era realmente ágil— y la observó en silencio durante un breve periodo de tiempo. La mosca quiso hablar, pero sabía que lo que dijese sería inútil.
—Me enternece, de verás, ver la preocupación en tu ser, mosca. Cuando te atrapé, observé desde la distancia una parsimonia impropia de una presa a punto de ser devorada. En ese momento, me sentí intrigada, ¿sabes? Y no es que me sienta atraída por esa forma de ser —inquirió ella al ver en los ojos de la mosca un brillo inusual—, sino me sentí atraída por tu forma de actuar. Te observé volar durante varios minutos alrededor de mis dominios. Contemplé cómo percibías los hilos de mis cimientos. Y tú decidiste, por tu propio medio, caer aquí. Tú no querías vivir, ¿me equivoco?
El silencio se apoderó del momento. La araña suspiró y, haciendo caso a la decisión de la mosca, se abalanzó sobre ella. Los colmillos rozaron el cuerpo de la mosca.
—¿Algo más qué decir? —preguntó la araña, a punto de emponzoñar el sistema de la alada presa.
—Permite que se vaya, ya me tienes a mí —balbuceó la mosca.
—¿Por qué tanto interés en que ella viva?
—No merece pagar por mis propios pecados.
—Ella lo decidió por su mano. Es igual de culpable que tú, ¿no? —preguntó esta con sorna.
—Su única culpa ha sido tratar de salvarme.
—Lo reafirmas. Ambas culpables, ambas sentenciadas.
—Pero…
No le permitió continuar. Entonces, la araña mordió a la mosca, introduciendo así su veneno y debilitando al diminuto ser. Los ojos de esta comenzaron a nublarse y sus sentidos, ahora torpes, trataban de mantenerse firmes antes de su inminente final.
—Por favor, araña… por favor.
Esta miró los ojos de la mosca, que miraban a la nada. El veneno la había paralizado completamente, y ya nada podía hacer para evitar el desenlace de quién trató de salvarla.
Comenzó a devorarla mientras la polilla, que sollozaba en silencio, observaba la grotesca escena sin poder moverse.
Las horas pasaron, y la cáscara vacía que alguna vez fue un insecto, colgaba ahora de unos pequeños hilos. La araña se encontraba cerca de la polilla, que mantenía su mirada fija en una pequeña hoja. Esta era balanceada por una suave brisa, que traía consigo un aroma suave, dulce, lejano, que la mantenía distraída.
Entonces, y casi un día entero después, la araña se acercó a la polilla. La miró con desdén, mostrando cierto desprecio hacia aquel ser.
—¿Por qué? —preguntó la araña. Realmente no sabía qué formular, pero buscaba una respuesta.
—¿Qué?
—¿Por qué decidiste ser una heroína? ¿O querías ser santificada como una mártir?
—No entiendo a qué te refieres —preguntó la polilla débilmente, confusa.
—¿De verás me quieres hacer creer que fue un acto de buena voluntad?
—Si te refieres a querer salvarla, sí. Lo fue. —respondió esta, tajantemente.
La araña rio amargamente; no obstante, y al ver la convicción que mantuvo la polilla tras decir eso, dudó si realmente había un altruismo sincero en ella.
—Con su cuerpo y unos cuantos más que se encuentran cercanos a los huevos, podríamos alimentarnos durante varias semanas. Ahora... —Sus ojos se posaron sobre el tórax de la polilla—. ¿Debería almacenar más alimento? Por si las “moscas”, ¿no crees?
—Haz lo que creas conveniente —respondió esta, que había desistido en luchar—. Pero que sea rápido, ¿quieres?
La araña la tanteó con la mirada.
—Vale.
Repentinamente, cortó el hilo que mantenía atrapada a la polilla. Esta, sorprendida, la miró.
—¿Por qué? —preguntó, alzando las alas.
—La mosca buscaba la muerte, y yo, alimento. Ambas nos beneficiamos de su desdicha; sin embargo, según tú, decidiste, de forma altruista, salvar su vida. Pensé en devorarte, no me malinterprertes; pero, los últimos vestigios de voluntad de la mosca me hicieron pensar. Fueron estos esfuerzos los únicos que mostró en su final, y estos mismos me conmovieron. Así que huye, polilla. Agradece a tu compañera; de lo contrario, serías un manjar más para mis crías.
Tras escuchar aquello, la polilla marchó. Navegó por el firmamento saboreando cada perfume y, primordialmente, recordando a la mosca, su inesperada salvación.
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