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Hilario

berta

Jul 28, 2026

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A través de las cumbres borrascosas caían del arroyo las lágrimas de los valles que pulían el gorro de pana de aquel hombre, el jabato de otros tiempos, y hacían relucir aquellas gotas sus albarcas, con el fin de que éstas no le nublaran la mente ni el camino. Hilario llegaba todo empapado a la montaña y se arropaba con la leña ardiendo que los contornos sombrea; vivía en una casita muy modesta y todos sus vecinos habían muerto, pero Dios le susurraba en la espalda de manera que no se le quemaran las manos o se le desgraciara nunca el arado. Tenía de gaucho lo matrero y de pasiego la nariz, un par de crías de ganado y un ave a la que le robaba las ramas del nido para hacer lindo fuego. A la lumbre bronceaba bocartes ajenos y carnes finas de los habitantes de la ciudad, pero sus hurtos reiterados nunca le quitaban el sueño porque allí en la urbe ningún hombre sabía de su existencia. 

Sin embargo, aunque Hilario fuera alzado de corazón lo tenía aún muy pegado al pecho; vivía responsable de su último hijo, encamado y amarillo, a quien tapaba con veinte mantas de lana negra y daba de comer a la boca como las crías que todavía maman de las ubres. Hilario le rasuraba el pelo periódicamente para que no se le acumularan piojos que pudieran atentar contra su vida en un hilito, y lo aseaba con una toalla templada como a recién parido llorón. El hijo apenas si balbuceaba el maullar de los gatos, pero no recordaba ni a la madre ni a los hermanos, y mucho menos al salvaje Hilario, a quien veía forajido algunas noches y profeta otras veces, desde médico florentino hasta jinete mongol y señorita santanderina. Incluso, en las madrugadas que supuraba y brincaba convulsionando le mordía los dedos como si reencarnara en lobo, expulsaba espuma de mar de la boca y poco a poco conseguía su padre enderezarlo para que se sentara recto y pudiera volver a su letargo divino. 

Hilario no creía figurar en ningún registro y no sabía lo que era una nación, se encerraba cuando sospechaba carlistas y les disparaba a uno o dos si osaban perturbar su paz, pero hace muchos años no se topaba con más que jabalíes autóctonos y la propia y escasa fauna que criaba. Ello hizo que cuando llegó el mensajero, después de un viaje de Aníbal, lo sorprendiera en su trabajo de ungüentos hechos con hierbas en los arbustos aledaños a la casa. Hilario no encontró más opción que atrincherarse como los rojos en la leñera para observar a aquel hombrecillo a través de la mirilla de una escopeta, pero como temprano resolvió haberse topado con un pusilánime completo, de levita y calcetines hasta las rodillas, no precisó el arma para confrontarlo y se dejó al descubierto cagándose en todos los demonios. “Aquí nunca se espera gente.” resonó la voz ruda. “Soy un mísero mensajero, vengo de la capital todo embarrado. Mi trabajo es entregarle esta carta y decirle que piense en mudarse más pronto que tarde” respondió el señor. “Esta tierra es mía” escupió Hilario. “Esta tierra es del don que la ha comprado, así como toda la arboleda. Debe de tener dinero para revolearle la casa por los aires” concluyó el mensajero, y antes que Hilario lo pudiera matar, apiadándose de su condición de mandado, perdiose de nuevo el mensajero entre los troncos densos y las florecitas azules de la ladera. 


El viejo Hilario resistió casi un año a la invasión del nuevo mundo, que vino por oleadas cada vez más violentas, desde reiteradas notificaciones de desalojo a un intento de estrangulamiento mientras recogía el agua del arroyo. Aquel don condenado ya había comenzado a talar las proximidades de su burbuja atemporal. Hilario enajenado mató a varios de sus empleados, sacó toda herramienta de punta afilada y fabricó decenas de postigos para puertas y ventanas con tal de que ni un ratón pudiera llegar a acercarse a más de veinte pasos de su enjuto hijo, de manera que ningún hombre pudiera imaginarse que ese guerrero montaraz pudiera tener aún algo que amara. Él amanecía cada día con un pedazo menos de ánima y apenas había, con la destrucción de sus alrededores, más naturaleza mágica para calmarle las heridas supurantes y los ataques sin remediar. En el último otoño, al son de las goteras de tormenta, el padre ni siquiera abandonaba el seno del hogar por miedo a una sorpresa mortal al desamparo de su hijo y quedó famélico y amarillento como el retoño; las albarcas le deslizaban por las venas palpitantes de los pies y el mentón cubierto por un bosque de barba otrora acabó quedando completamente imberbe. 

Fue una noche de agosto cuando el hijo de Hilario murió en sus brazos. No supo si Dios había dejado de susurrarle o nunca lo había hecho ciertamente, y si  tan sólo había confundido el silbido de las montañas con la esperanza de su vida infausta. No lloró. Hilario, el jabato de otros tiempos, agarró el ungüento milenario que nunca consiguió utilizar con su niño y se lo apretó fuerte a la boca del estómago. Era un hombre tan férreo que sus enemigos tardaron dos meses en afirmar que había muerto. Todo lo que tenía fue demolido en un día y medio. 



berta

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