Para escuchar durante la lectura • “Coney Island Baby” - Lou Reed
“La verdadera patria del hombre es la infancia”
— Rainer Maria Rilke.
La luz entraba tenue por la ventana y corría saltando hasta posarse fugazmente sobre una piel bronceada y envejecida. Le tomó unos minutos darse cuenta que esa misma piel le pertenecía. Estas nimiedades siempre lo terminaban por abrumar del todo. Él, como solía repetirse sistemáticamente, estaba siendo atrapado por pequeños deslices. Pensaba que aquellos sólo buscaban exponerlo y exhibirlo cual souvenir costero frente al paso del tiempo.
El pardo nescafé que reposaba frente a sus ojos lo esperaba. Cualquiera podría jurar que aquel líquido también se había marchitado a causa del destello lumínico. Cuando estaba por dar un sorbo pensó en el objeto que abrazaban sus cansados dedos: era una taza bastante maltrecha por el uso constante y ya no recordaba dónde la obtuvo. Comenzó a divagar y entre fantasmas de su imaginación visualizó a sus padres sonrientes elegir, en un bazar de segunda mano, un juego de tazas similar, cuando aún estaban juntos.
Tal vez fue el amargo sabor del nescafé, pero volvió a distraerse y a caer en la trampa: recordó que era la única taza que tenía.
Se negó a verse llevado por los engaños del tiempo y dio vuelta la hoja del libro que estaba leyendo: “Un hombre que duerme”, de Perec, mientras el sol seguía titilando su luz sobre palabras escritas, palabras, sí, sobre un mar de palabras sofocantes que no le pertenecían a nadie, ni siquiera a Perec, no, ni siquiera al lector, no, y fue ahí, en medio de ese trance lumínico que se dio cuenta de lo terrible que estaba ocurriendo. Sus ojos se deslizaron hacia todos lados, molestos y enfurecidos por la luz de la ventana y se dejaron situar en aquel diario debajo del libro. Hoy, sí, hoy, ahora mismo y en este preciso momento era su cumpleaños en todos los países del mundo. Pero ese diario no le pertenecía, no, y esa taza tampoco le pertenecía a sus padres, no, y esos engaños del tiempo eran verdades, el que hacía trampa era él. Aquella niñez, tan pesada, tan buscada, tampoco le pertenecía. Decidió olivarse de ella, taparla y ocultarla bajo los tickets de nescafé amontonados sobre la mesa. Se levantó y rápidamente corrió la cortina de la ventana para tapar esa molesta y engañosa luz.
Escrito por Julia Guerrera, año 2026.
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