Tu indiferencia, un invierno sin clemencia,
me cerca, me devora con su helada paz.
Soy la hiedra que tiembla, hoja por hoja,
pendiente de un susurro, de tu aliento fugaz.
Mis ojos, faros ciegos en la noche quieta,
vigilan la marea de tu ausencia cruel.
Atenta a tu sombra, a la promesa muerta
de un gesto, de una sílaba que cure este hiel.
Dime. Te ruego.
Dime algo, por favor.
Que la palabra sea el puente, el hilo, la señal.
Dime que todo es leve, que no existe el horror
de este vacío inmenso, de este abismo letal.
Dime que aún me amas, que tu amor no ha cedido
a las fauces del tiempo, a la noche sin fin.
Que no soy este espectro, este ser ya sin nido,
perdida en el silencio, sin tu luz, sin tu arlequín.
Este nudo en la garganta, un dogal invisible,
me ahoga lentamente, me arrebata el aliento.
Este pensamiento lúgubre, oscuro, terrible,
martilla mis sentidos, me consume el contento.
Háblame.
Que tu voz, bálsamo, rocío,
deshaga la condena de esta soledad brutal.
Hazme saber tu amor, en este infierno frío,
antes qu
e el olvido sea mi única verdad.

peregrino
Desde la herida, la palabra. Poesía como un hueso astillado, películas, fantasmas en celuloide, música, un nudo en la garganta. Existir es este temblor.
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