en el epicentro de este vendaval que soy, donde los fragmentos de mi alma chocan como astillas de cristal bajo una luna ausente, palpita un anhelo que apenas se atreve a respirar: el deseo desesperado de encontrar una brizna de amor que sobreviva a mi propia y constante demolición. me paso los días recogiendo los trozos de quien fui, tratando de reconstruir un espejo donde ya no reconozco mi rostro, esperando que, en medio de este caos, decidas quedarte a mirar los restos.
soy un campo de batalla herido por mi propia sombra, un lugar donde mis dudas disparan ráfagas de niebla contra mis frágiles esperanzas. en esta guerra civil que libro contra mi propio pecho, me siento a veces como un náufrago que ha olvidado el nombre de la tierra firme. por eso te busco. busco un oasis de ternura que no sea un espejismo, extremidades valientes que se atrevan a caminar descalzas sobre mis escombros, aceptando el riesgo de herirse, pero eligiendo sanarme con su tacto.
quiero, con una intensidad que me asusta, que descubras la flor minúscula que ha logrado crecer en la grieta de mi muro más derrumbado. esa flor es todo lo que me queda de inocencia; sueño con que tus dedos acaricien la cicatriz que traza el mapa de todas mis tormentas pasadas, esas que me dejaron marcas que nadie más ha querido leer. deseo que tu mirada, con esa claridad suave que posees, encuentre el faro que parpadea débil y exhausto en el rincón más oscuro de mi noche; esa luz diminuta, casi moribunda, que ni yo sabía que aún latía dentro de mí.
tengo miedo de mostrarte este desorden, este inventario de estrellas apagadas y sueños rotos. pero hay algo en tu forma de mirar que me hace bajar la guardia. en este terremoto perpetuo de mi ser, donde todo se desmorona y renace en un ciclo infinito de dolor y esperanza, busco desesperadamente ese refugio de siete segundos bajo el cielo de tu abrazo.
anhelo ese instante en el que tus labios, al posarse sobre mi piel con la delicadeza de quien toca algo sagrado, logren silenciar todas las explosiones que ocurren dentro de mi cabeza. que tu presencia sea el único bálsamo capaz de detener el tiempo, permitiéndome olvidar que estoy en pedazos, para recordarme que, a través de mis grietas, es por donde finalmente puede entrar tu luminosidad.
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