Yace un insomnio de apetito silencioso, una voracidad sin dientes que se alimenta de cuanto la consciencia procura mantener a oscuras. El ruido enemigo, agazapado bajo la costra del sueño, vuelve a insistir contra mi vigilia; no golpea, no llama: se filtra. Me despierta. Me conserva alerta, con los ojos abiertos hacia ninguna parte.
¿Quién, sino uno mismo, posee semejante insolencia para profanar la calma?
Hay voces que no envejecen: se pudren.
Persisten con esa obstinación miserable de las cosas que han perdido toda esperanza de ser salvadas y, aun así, continúan respirando bajo tierra. Voces de raíces negras, humedecidas por una savia que ya no alimenta nada; pensamientos que germinaron torcidos y ahora extienden sus tallos hacia mí, como si todavía reconocieran en mi carne la antigua hospitalidad.
No la encontrarán.
Habrá otra tierra que las reciba. Un suelo sin memoria donde puedan hundir sus delirios, entre la maleza de aquello que nunca alcanzó a redimirse. Que allí se aferre cada palabra a su propia podredumbre. Que allí fermenten los nombres que ya no pronuncio y las promesas que aprendieron demasiado tarde la inutilidad de ser cumplidas.
Mientras tanto, habiten sin rumbo.
No les debo sepultura.
Ya he muerto con ustedes.
Y qué extraño resulta descubrir que la muerte también puede dejar restos. Una porción de mí continúa despierta, errante entre los escombros de una consciencia que alguna vez supo distinguir entre el deseo y la herida. Ahora sólo queda este residuo: esta lucidez enferma que contempla cómo se deshacen las últimas fibras de aquello que alguna vez llamó suyo.
No hay luto donde ya no queda cuerpo para velarlo.
Tampoco plegaria.
Sólo una sequedad antigua, extendiéndose por dentro con la lentitud de aquello que conoce perfectamente su destino. La lengua, exhausta, conserva todavía el sabor de palabras que no pronunciaré. Los dientes guardan el rastro de nombres que alguna vez tuvieron carne. Y en algún sitio, demasiado profundo para alcanzarlo, algo continúa pronunciándolos sin mi consentimiento.
Que lo haga.
Que siga cavando.
Toda insistencia termina por encontrar tierra muerta.
Ya no se entierran a torturarme.
Ya no existe en mí el lugar donde alguna vez supieron hacerlo.
Lo que queda no es resistencia, ni perdón, ni siquiera olvido. Es algo más árido: la absoluta imposibilidad de volver a pertenecerles.
Así que permanezcan allí, bajo su propia intemperie.
Yo permaneceré aquí.
Despierto.
Hasta que incluso esta última forma de conciencia se vuelva polvo y nadie pueda distinguir, bajo la lengua, qué parte de mí murió primero.
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