Estaba pensando que sentía que tenía que escribir pero no sabía qué. Se me ocurrió pensar en lo popular, en el cura, en las supuestas falsas denuncias, en que todas tenemos una amiga abusada pero ninguno tiene un amigo abusador. Muchas cosas.
El mundo me golpea como una obra de arte a mis pupilas cansadas de leer. Esconden unas neuronas hambrientas. Sinapsis rebosante de muñecos voladores.
Todos los días pienso en todo y no me alcanza el tiempo para nada. Quizás simplemente estoy buscando una manera estética de no decir nada. La verdad es que ya escribí tres pequeños párrafos.
Mi dopamina va en patineta por rampas extremas como si estuviera viajando a la velocidad de la luz.
Quiero encontrar mi talento antes de morir. Odio todos tus compartimentos en los cuales metiste al huracán que habita en mí. Pero si todavía estoy, solo necesito encontrar el océano.
Te odio. Tu violencia es asquerosa en todas sus formas.
Me despido de mi gata. No entiende lo que pasa. Solo quiere mimos y comida. A veces me siento un poco así. A veces queremos compartir con otros y otras. Hablando de compartir, me ocurrió una cosa.
Ayer me pasó algo que estuvo re bueno. Era invierno, en realidad no. Pero llovía como en el invierno. Las rutas de la provincia de Buenos Aires ofrecían sustento a un pedazo de chatarra fundada probablemente en la década del 90. La costumbre engendrada por el capital dirigió este contaminador serial hasta un punto cercano a Asamblea, a 18 kilómetros de la ciudad de Bragado.
Somos varios y varias. Estamos allí. El viento garúa. Los rayos se escuchan, las luces en el cielo no se pueden ver. Hectáreas de soja frente a nuestros ojos hartos de la ineficiencia privada, los bolsillos llenos, la falta de inversión, los teléfonos sin batería. Faltaba una hora para llegar a destino.
Comenzaron las vibraciones. Nos inclinamos a un costado. Como vacas que van al matadero para cobrar un sueldo, reproducirme y desfallecer hasta morir. Diez días de vacaciones en la costa atlántica. Tanto esfuerzo. Un órgano del cuerpo para cada útil escolar para que los pibes y las pibas entren a una máquina desgarradora de creatividad. Muerte cerebral.
Se paró el colectivo. La puta madre. Tenemos que ir a trabajar. Yo entro a las 4, yo a las 5. Es mi primer día. Es la segunda vez en 24 horas que se rompe un micro. 1% de batería. Escribo a la secre de la escuela y le digo que a las 4 no voy a llegar. A esa hora empieza mi jornada laboral, termina a las 11 de la noche. De pronto la humanidad está repleta de números y no queremos contar más. ¿Por qué nos están encarcelando?
Un hombre que tenía un viaje largo cargado de kilómetros y horas y su tiempo y el nuestro y el mundo girando, discute con el chofer. Abajo de la lluvia, en medio de la ruta.
Era como si todas y todos comenzaramos a calcular cuánto tiempo nos quedaba de vida. El repuesto y otro micro vienen desde Buenos Aires. Son muchos kilómetros. Tenemos para cuatro o cinco horas. ¿Y si nos tomamos un remis? Entramos cuatro, de dónde vienen, cuánto nos cobra, en cuánto viene, cuántos kilómetros.
Algo que no sé ni que fué me dijo dentro de mi cabeza que había que conectar. Tantos números me estaban abrumando. Estaba por llorar.
Parada en el medio del pasillo. Miro adelante. Miro atrás.
-Tengo yerba de pomelo en la mochilaaaa!! ¿Hacemos un mate? ¿Quién tiene termo? ¿Quién tiene agua?
Entre todas y todos construimos un buen equipo de mate. En ronda, una charla. Una señora creció en French y conocía a mi abuela. Yo también tuve el placer de conocerla y el privilegio de ser su nieta. Aparecieron historias, personas, amores, laburos, historias de vida. Alrededor del mate nos olvidamos un poco de los números y el tiempo pasó más rápido. Dijimos muchas cosas, nos quejamos de las empresas, los subsidios a las mismas y pensamos en expropiar Plusmar.
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