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HAY MILAGROS QUE SUCEDEN ASI

Aug 28, 2025

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HAY MILAGROS QUE SUCEDEN ASI
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Hace unos cuantos años, mi tío Mauricio nos invitó a un asado en su casa. Estábamos todos: papi, mami, mi hermana, mis primas, mi tía Alejandra y los nonos. Era verano y yo era chico, muy chico. De esa noche no recuerdo casi nada, salvo una frase en un cuadro colgado en la pared: “Algún día, tus hijos y los hijos de tus hijos preguntarán por él”. Abajo, un tipo con cara orgullosa, de sonrisa pícara. Era Maradona. Rápidamente me marcaron dos cosas: la frase y la mirada. No lo sabía, pero estaba frente a un milagro.

Pasaron los años y no volví a pensar en esa noche. Hasta que un día, ya grande, puse un pie en Nápoles. La ciudad es puro quilombo. Uno siente que todo puede estallar en cualquier momento, pero a nadie le importa. Nunca imaginé que el desorden pudiera enamorarme, pero lo hizo. Me cautivó, me dió éxtasis, y mi cuerpo incorporó vida rápida e intensa. O, si lo digo simple, me llenó de eso que no se explica: amor.

Para llegar al famoso mural hay que perderse entre puestos callejeros, gritos que se cruzan, motos que no frenan y ropa colgada de balcón en balcón. De pronto, sin darse cuenta, uno empieza a subir. Camina, camina… hasta que llega. Yo llegué. Giré a la izquierda y lo vi. Al mural, claro. Pero también vi, otra vez, aquella cara que me había movilizado de chico en un cuadro, una noche de verano en el Barrio Bancario.

Y ahí volvió todo: la sensación, la frase. “Algún día, tus hijos y los hijos de tus hijos preguntarán por él”. Entonces, por fin, entendí que estaba viviendo un milagro. Entendí que en Nápoles no existen calles comunes: hay pasillos con memoria. Y entendí, sobre todo, que hay milagros que suceden así: basta con mirar un par de ojos.


Niyén Pibuel

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