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Hasta los Huesos

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Abr 17, 2025

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Hasta los Huesos
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Gary Chapman elaboró una teoría hermosa y profundamente humana: los Cinco Lenguajes del Amor. Según él, amamos a través de las palabras, las acciones, la presencia, los detalles materiales y el contacto físico.

Algunos de estos lenguajes nos alcanzan a través de los sentidos, como cuando tus tímpanos se estremecen suavemente al escuchar un “te amo”, o cuando una caricia cálida sobre la clavícula te hace sentir seguro, como si la vida misma te abrazara con ternura. Otros lenguajes nos tocan mediante actos de cuidado: alguien que te prepara el café de la mañana sin que lo pidas, o quien se agacha a atarte los cordones como si cuidara tus tobillos del cansancio del mundo.

Pero, ¿qué pasa cuando todo termina?

¿Cómo se puede seguir amando cuando ya no hay un cuerpo al que abrazar, una piel que tocar o unos oídos a los que susurrar?

¿Son suficientes esos cinco lenguajes para encarnar todo lo que sentimos por alguien?

¿Qué hacemos con ese amor que aún nos habita, cuando la otra persona ya no está?

¿Cómo se ama en la ausencia?

Susurrar un “te extraño” al vacío ya no acariciará su oído interno, ni servirá enviar regalos si sus manos ya no los van a recibir. El amor no se mide por lo que uno da, sino por lo que uno es capaz de sostener cuando ya no hay un destinatario.

Sin embargo, la humanidad ha tenido la suerte de existir bajo un cielo infinito, rodeada de galaxias, de constelaciones, de universos enteros que todavía pueden ser testigos de lo que sentimos. Cuando el corazón de la persona amada deja de ser hogar para tu amor, el universo aún tiene espacio de sobra para guardarlo. El firmamento es como un enorme esternón cósmico que protege los sentimientos que ya no caben en nuestro pecho.

Tú estás hecho de más de 200 huesos: estructuras firmes que no solo te sostienen, sino que también guardan memorias. Las costillas no sólo protegen tu corazón, también conservan sus suspiros. Las falanges que ya no entrelazan otras manos aún conservan la memoria del calor ajeno. Las vértebras que alguna vez se erguían al escuchar su voz, hoy también sostienen el silencio que quedó.

Tienes tanto amor dentro de ti que no merece convertirse en rencor, ni en duda, ni en culpa. No es justo que te castigues por sentir tanto. Si no tienes un lugar físico donde depositar tu amor, entrégaselo al cielo. Escríbelo en la médula de tus pensamientos. Presérvalo entre la luna y las estrellas. Haz de tus huesos un templo de buenos deseos por esa persona, aun cuando ya no estés ahí para ver si florecen.

Eso — ese acto de amar en la distancia, en la pérdida, en lo invisible — tal vez sea el sexto lenguaje del amor.

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