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Hambre de geografía.

Aug 29, 2026

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Hambre de geografía.
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A las dos de la mañana la casa adquiere una sinceridad que durante el día no tiene. Las paredes dejan de fingir que son solamente paredes, los muebles parecen cansados de sostener nuestras cosas y hasta el reloj cuenta los segundos con una crueldad diminuta. A esa hora uno descubre que el silencio también hace ruido, cruje la madera, respira la heladera, alguna cañería carraspea detrás de los muros. Y yo, que debería estar durmiendo como duerme la gente que tiene la conciencia medianamente ordenada, estoy parado frente a la heladera con un pijama que alguna vez tuvo aspiraciones mucho más importantes.

No recuerdo exactamente cuándo ocurrió la degradación. Primero fue ropa para salir. Después se convirtió en ropa para ir a comprar algo rápido, con la secreta esperanza de no encontrarme con nadie conocido. Más tarde pasó a ser ropa para estar en casa y finalmente, sin ceremonia ni decreto, evolucionó en pijama. Hay prendas que envejecen igual que nosotros, empiezan creyendo que conocerán el mundo y terminan resignadas a acompañarnos hasta la cocina a las dos de la mañana.

Ahí estoy, entonces, vestido con esa arqueología de mí mismo, despeinado, descalzo y con la dignidad reducida a lo estrictamente necesario para abrir la puerta de la heladera. La luz blanca me golpea la cara. Siempre me ha parecido extraña esa luz. Hay algo de interrogatorio en ella, algo de hospital, de morgue. La heladera se abre y de pronto uno queda iluminado en medio de la oscuridad como si hubiera sido descubierto cometiendo un delito. Qué busca usted acá a estas horas, parece preguntarme. No sé. Algo, supongo.

Entrecierro los ojos. Dejé los lentes en la mesita de luz y el mundo se ha convertido en una colección de formas aproximadas. Distingo un frasco, una botella, algo envuelto en plástico que podría ser queso o una pequeña tragedia olvidada desde el martes. Muevo algunas cosas con la esperanza absurda de que detrás aparezca algo nuevo, como si los alimentos pudieran reproducirse cuando uno no los mira.

Entonces me agacho y después me pongo de rodillas. El frío del piso atraviesa la tela del pantalón. Reviso el cajón de las verduras. Aparto una bolsa, levanto otra, vuelvo a buscar como si la insistencia pudiera modificar el contenido de las cosas.

Nada.

Y mientras estoy ahí, arrodillado frente a una heladera abierta, me doy cuenta de algo bastante ridículo: no tengo hambre. Estoy pipón. Comí bien. Recuerdo incluso haber pensado, unas horas antes, que había comido demasiado. Mi estómago no está pidiendo absolutamente nada. Sin embargo, tengo hambre. Una terrible. Una que viene conmigo desde hace tiempo y que últimamente ha aprendido a despertarse puntualmente a las dos de la mañana.

Porque hay hambres que se equivocan de órgano. Uno cree que vienen del estómago y resulta que llevan años viviendo detrás del pecho.

Por eso abro la heladera. Por eso reviso estantes, aparto frascos, inspecciono cajones. Estoy buscando comida en el único lugar de la casa donde sé que no voy a encontrar lo que necesito. Y tal vez precisamente por eso vuelvo. Es más fácil admitir que uno quiere un pedazo de pan que reconocer que extraña sentarse a una mesa donde conoce todas las voces. Es más sencillo buscar queso que admitir que daría cualquier cosa por escuchar una risa familiar atravesando el pasillo.

A veces mastico cualquier cosa. Una galleta, una miga, un pedazo de pan endurecido. Como lentamente, sin ganas, intentando engañar a esa otra boca invisible que llevo adentro. Le arrojo miguitas como quien alimenta a un animal peligroso para mantenerlo tranquilo. Tomá. Comé esto. Dejame dormir. Pero el alma conoce demasiado bien nuestros trucos. No se alimenta de carbohidratos. Puedo comer hasta sentirme lleno y continuar vacío.

No puedo decirlo en voz alta. No podría pararme en medio de la cocina y gritar que tengo hambre de afecto. Primero porque sería vergonzoso. Segundo porque son las dos de la mañana y los vecinos probablemente llamarían a alguien. Así que me quedo callado. Hay dolores que sobreviven gracias a nuestra buena educación. Uno aprende a sufrir bajito para no molestar, a cerrar las puertas con cuidado, a llorar sin hacer demasiado ruido, a extrañar respetando el reglamento de copropiedad.

Estoy desnutrido de espíritu. La expresión me hace gracia al principio. Después deja de hacérmela. Porque tal vez sea exactamente eso. Hay una flaqueza que no aparece en los análisis de sangre. Ningún médico podría pesarla. Ninguna balanza marcaría sus gramos. Uno puede verse perfectamente saludable y, sin embargo, caminar por la vida con los huesos invisibles sobresaliéndole del alma.

Y no hablo de amor. O no de ese amor al que inmediatamente le ponemos dos personas besándose para poder entenderlo. No estoy esperando que alguien venga a rescatarme de la madrugada ni una mitad que complete ninguna otra mitad. El hambre que tengo es mucho más antigua. Quiero el cariño sencillo de los míos. Un abrazo de esos que no necesitan explicar por qué duran tanto. Un amigo diciendo alguna estupidez en la cocina. Una mano de un  familiar revolviéndome el pelo. Alguien entrando sin tocar demasiado la puerta porque sabe que puede hacerlo. Una conversación que no tenga hora de término. Una sobremesa. Un «¿comiste?» pronunciado por una voz que conozco desde antes de aprender a estar solo.

Porque también se tiene hambre de la familia.

Hambre de los amigos.

Hambre de la gente que conoce nuestras versiones anteriores.

Y quizás ésa sea una de las condenas secretas de vivir lejos: nadie en este territorio recuerda al niño que uno fue.

Acá camino por calles que aprendieron mi nombre cuando yo ya estaba hecho. Ninguna vereda sabe dónde me raspé las rodillas. Ninguna esquina recuerda mis primeras vergüenzas. Los árboles de esta ciudad no me vieron crecer. Puedo aprenderme sus avenidas, acostumbrarme a su clima, reconocer sus negocios y hasta indicarles el camino a otros, pero existe una parte de mí que continúa siendo extranjera, aunque nadie me pida documentos.

Uno puede acostumbrarse a otro territorio sin conseguir que el territorio se acostumbre a uno.

Entonces comprendo que mi hambre también tiene geografía.

Tengo hambre de mi gente, pero también de mi patria. De las pequeñas cosas que antes me parecían insignificantes porque estaban siempre ahí. Los modismos que no necesitaban traducción. Los códigos que nadie explicaba. Los sabores que uno reconocía con los ojos cerrados. La forma particular de pronunciar ciertas palabras. El ruido de una calle conocida. La certeza de que, detrás de alguna puerta, había alguien que sabía quién era yo.

Extrañar un país debe ser una de las pocas formas de tener nostalgia de cosas que alguna vez nos molestaron.

Uno extraña hasta lo que juró que no extrañaría.

Pido pan, no me dan, pido queso, me dan hueso. La frase aparece en mi cabeza con una música infantil, casi absurda. Y comprendo que llevo mucho tiempo pidiendo cosas con nombres equivocados. Digo “tengo ganas de viajar” cuando quiero decir «quiero volver a sentirme de algún lugar». Digo “hace tiempo que no veo a mis amigos” cuando en realidad quiero decir “necesito que alguien recuerde conmigo”. Digo “extraño a mi familia” como si esas cuatro palabras pudieran contener habitaciones enteras, cumpleaños perdidos, abrazos postergados, sobremesas a las que mi silla no asistió.

Tal vez emigrar consista también en eso, aprender que la ausencia tiene muebles.

Uno se va y deja una silla vacía en muchas mesas.

Pero también se lleva una consigo.

Me quedo mirando el interior de la heladera. La luz sigue encendida. El motor zumba. Afuera la ciudad duerme sin saber que en uno de sus departamentos hay un extranjero arrodillado frente a unas verduras inexistentes tratando de comprender por qué el alma tiene estómago.

Entonces sucede algo extraño.

Tal vez sea el sueño, la falta de lentes o esa clase de milagros miserables que sólo ocurren después de las dos de la mañana, pero durante un instante la heladera parece mucho más profunda. Detrás de los estantes ya no está la pared blanca. Hay un pasillo larguísimo.

Al fondo hay una mesa.

Sobre ella, platos.

Y alrededor están ellos.

No alcanzo a distinguir bien las caras, pero tampoco hace falta. Hay personas que uno reconoce por la manera de ocupar un espacio. Escucho voces conocidas, una carcajada que podría reconocer entre mil, cubiertos chocando contra los platos, alguien hablando encima de alguien, alguien contando por tercera vez la misma historia. Una mano corta pan. Otra acerca una fuente. Alguien pregunta si queda más.

Por un segundo puedo incluso sentir el olor de mi tierra.

No sé explicar a qué huele una patria. Quizás a comida, a humedad, a una casa antigua, al perfume de alguien que nos abrazaba de niños. Quizá una patria no tenga olor propio y sea solamente la suma de todos los lugares donde alguna vez pudimos cerrar los ojos sin sentirnos extranjeros.

Entre ellos hay una silla vacía.

Mi silla.

Intento acercarme. Meto una mano entre los estantes, después el brazo, como si pudiera atravesar ese pequeño rectángulo de frío y regresar. Pero cuanto más avanzo, más lejos queda la mesa. Quiero pedirles que esperen. Que no levanten los platos todavía. Que guarden algo para mí.

No me sale la voz.

La mesa continúa alejándose.

Entonces comprendo que quizá esa sea la verdadera forma de la melancolía, ver una mesa servida desde demasiado lejos.

La visión desaparece. Otra vez están los estantes, los frascos, el cajón vacío, yo. Siempre yo. Y la heladera abierta.

Una gota de agua condensada cae desde algún borde interior y toca mis dedos. Está helada. El frío me devuelve de golpe.

Sobre la mesa de mi cocina hay un plato impoluto y brillante. Me causa una tristeza difícil de explicar. Los platos deberían ensuciarse. Deberían tener migas, manchas de salsa, marcas de tenedores. Deberían demostrar que alguien tuvo hambre y encontró la manera de saciarla. Ese plato no.

Ese plato es el de alguien que aprendió a comer solo.

Me quedo de rodillas. Ya ni siquiera busco. Entonces entiendo por qué regreso todas las noches.

No vengo a comer.

Vengo a sentarme con mi hambre.

Ella está acá, a mi lado, también de rodillas. No puedo verla, pero conozco perfectamente su forma. Algunas noches tiene la cara de mi familia. Otras habla con las voces de mis amigos. Algunas veces pronuncia palabras de mi tierra. Otras simplemente se sienta conmigo y me recuerda la cantidad de kilómetros que existen entre una mesa y otra.

A veces intento ignorarla. Otras le doy pan. A veces escribo, pongo música o converso hasta que el sueño empieza a borrar las palabras. Pero siempre vuelve. A las dos. Puntual.

Y pienso que quizá uno no muere inmediatamente de estas cosas. La inanición del alma debe ser muchísimo más lenta. Uno sigue levantándose, trabajando, riéndose cuando corresponde, haciendo compras, respondiendo mensajes. Aprende las calles nuevas, adopta costumbres, construye rutinas. Nadie nota nada. Quizá ésa sea la parte más cruel, se puede estar muriendo de hambre sin adelgazar un solo gramo.

Hasta que una madrugada cualquiera uno termina arrodillado frente a una heladera buscando entre las verduras algo que nunca estuvo ahí.

Una miguita de hogar.

Un resto de abrazo.

La voz de un amigo.

Las manos de la familia.

Un pedacito de patria que alguien, por equivocación o por milagro, haya dejado entre el queso y las verduras.

Entonces cierro la puerta.

La cocina queda completamente oscura. Apoyo la espalda contra la heladera y me siento en el piso. No regreso a la cama. Todavía no.

Son las dos y algo. El hambre sigue acá. La siento respirar junto a mí. Y en medio de la oscuridad comprendo que hay noches en las que uno no abre la heladera para buscar comida.

La abre para comprobar si todavía queda algo de casa.

Pero esta noche tampoco.

Esta noche el plato sigue limpio, la heladera sigue vacía y mi patria queda demasiado lejos.

Y yo sigo lleno.

Terriblemente lleno de todo lo que me falta.

Nicolás

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