29/Septiembre/2026
Tengo tanta hambre.
No es el estómago.
Es algo más adentro.
Un hueco que no está en la tierra
sino en el sitio donde iba el amor.
El árbol me ofrece sus frutos.
Huelen a podrido.
Huelen a las manos que me sostienen,
a los ojos muertos que me miran,
a la cuerda que me cortó y se fue.
Huelen a él.
A ese amor que parecía dulce
y estaba lleno de gusanos.
Intento comer.
Me obligo.
Quiero que algo baje,
que algo llene este vacío que me devora.
Pero apenas muerdo,
el asco me sube por la garganta
y vomito.
Vomito lo poco que me quedaba:
las ganas de creer,
los restos de la mariposa,
la última vez que alguien me dijo "te quiero"
y lo sentí de verdad.
Tengo tanta hambre.
Un hambre que me roe los huesos desde adentro.
Un hambre que no se va con fruta podrida
ni con gusanos
ni con manos que me aprietan.
Ya no sé qué hacer.
Los frutos me dan asco.
Los gusanos me repugnan.
Las manos ya no me sostienen,
solo me pesan.
Entonces pienso:
¿y si me como a mí misma?
¿Si muerdo mis brazos,
mis dedos,
este vientre vacío que no deja de doler?
Si me devoro,
al menos habré comido algo.
Al menos habré probado carne que no me miente.
Tengo tanta hambre.
Tanta hambre.
Y el árbol me mira
con sus frutos brillantes
sabiendo que voy a volver a intentarlo.
Porque el hambre de amor
no entiende de asco.
El hambre de amor
se come los gusanos
y los vuelve a vomitar
y los vuelve a comer
y así
hasta morirse de pie.
Tengo tanta hambre.
Solo tengo hambre.
Y lo peor
es que el árbol también tiene hambre.
Y me está comiendo a mí.
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