Ese día
Ese día exacto que todo mi mundo, mi ansiedad, mis miedos, mis nostalgias, mis preocupaciones, mis problemas, mis pensamientos intrusivos, mis maltratos hacia mí; ese día que dije no poder si me encontraba conmigo, con la persona que llevo dentro de mí; de que, si lo hacía, todo iba a salir mal, porque yo estaba mal. No había mucho remedio, no sentía que tenía la fuerza y la fortaleza que se necesitaban para salir; salir de ese vacío interno que sentía que no se llenaba ni con el amor más puro que me podían llegar a dar, ni con el mejor consejo del mundo que venga de la persona más sabia. Ese vacío no se llenó nunca y nunca comprendí el porqué, y me lo reprochaba constantemente. Lo reprochaba como si fuera el culpable de todos mis errores, de todos los actos que me hicieron derrumbarme. Era el pensar constantemente en qué más necesitaba, qué era lo que tenía que hacer si ya lo había hecho todo; el preguntarme reiteradas veces por qué se sentía tan de cerca y tan profunda esa soledad y sensación de vacío que me quemaba, que no se soportaba, que me estaba gritando cosas que yo no podía comprender. A esos gritos que no comprendía les devolví mucha dependencia; les devolví y les dije que se callaran, que se conformen, porque no había más que eso, porque eso ya lo era todo. Ese día me aferré a que nada de lo que podía hacer me iba a sanar; a que mi llanto y mis palabras vacías, con un poco de pimienta que las hacía picantes, estaban en un plato que las acompañaba con poco sentido, nada de amor y una paciencia nula. Esas palabras fueron las que derrumbaron profundamente mi alma, mi mente, mi cuerpo, mi forma tan “fuerte” o “intensa” de sentir. Esas palabras lo fueron todo para volver a empezar.
Ese otro día
Ese día desperté llena de llanto, angustia y dolor, pero, al fin, sentía. Algo se sintió tan profundo, tan intenso, que simplemente necesité escucharlo; necesité saber qué estaba pasando realmente. Quería una explicación de por qué mi interior gritaba tanto, qué era lo que estaba haciendo mal, y simplemente escuché… y lo escuché todo. Pude sentir ese vacío, ese grito intenso por llenarse de amor, llenarse de paciencia, llenarse de cosas intensas pero que signifiquen honestidad pura, que signifiquen avance. Pude escuchar cómo tenía que hacer para sanar dentro de mí todos los años de castigo intenso por no escucharme, de culparme por cosas que no eran mías, por cosas que yo no podía resolver, que estaban fuera de mí, y enfocarme realmente en que mi vida es mía; que mis elecciones eran las que me iban a sanar; que perdonarme a mí por aferrarme a las heridas que ya no me correspondían ya no era parte de mi corazón, parte de mi alma. Me di cuenta de que yo sí tenía y tengo esa fuerza y fortaleza para salir adelante, para dar mil pasos hacia adelante; que puedo aprender de lo que fue sin reprochar, sin quejarme, porque sé que por algo fue de esa manera. Lo entendí ese día. Entendí que todo pasa por algo, que la vida me dio la señal de que ya no me podía hacer más daño a mí; que me ame tal cual soy; que siendo la mejor versión de mí me iba a sentir plena, amada, feliz, con la paz de darme cuenta de que la vida es disfrute, que la vida es enfrentar todo para poder encontrar el amor por uno, para después amar al otro de la forma más sana; de poder sentir que, en vez de golpes, hay caricias, hay amor. Porque el amor es lo más valioso que se puede sentir; porque el amor es paciente, es bondadoso, no envidioso, no jactancioso (no presume ni alardea), no orgulloso, no grosero, no egoísta, no irritable, no rencoroso; no se alegra de la injusticia, sino de la verdad. Porque el amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. Porque el amor nunca dejará de existir. Hoy elijo confiar en mí, perdonarme, amarme, avanzar y ser feliz. Hoy elijo compartir mi vida con aquellas personas que me aman, con personas que unen, con personas que ayudan y acompañan al corazón de uno cuando las cosas no están tan bien. Hoy elijo amarme, amar y que me amen y, por sobre todas las cosas, hoy elijo ser feliz, sin reproches, sin quejas, sin elecciones vacías. Hoy elijo perdonarme y perdonar desde el corazón.
Hoy, de una vez por todas, ese vacío ya no grita más.
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