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Hace 3 años ví un árbol de orquídeas

Gio

Jan 4, 2026

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Hace 3 años ví un árbol de orquídeas
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Hace tres años vi un árbol con orquídeas.

No sé si debo llamarlo árbol de orquídeas, porque las orquídeas no eran el árbol, aunque estaban en él, y sin ellas, la verdad, quizá no lo habría notado; hubiera pasado desapercibido como cualquier otro árbol. Quizá justamente por esa razón él me ignora. Quizá, igual que él, debería ponerme una orquídea en la cabeza o quizá diez; de esa forma hay una posibilidad de que me distinga entre tanto humano que, al igual que yo, no usa orquídeas en la cabeza.

Ese día estaba triste. No recuerdo por qué. Supongo que por algo que, si lo recordara, ya no importaría. Lo cierto es que estaba triste y el árbol estaba florecido. Eso ocurrió al mismo tiempo, aunque no creo que tenga relación.

Me detuve un rato. No demasiado. Pensé que las orquídeas se veían bien ahí, colgadas como si no supieran que estaban colgadas. Pensé también que no todos los árboles permiten eso. No todos sirven para que algo más crezca en ellos sin pedir permiso.

La realidad es que a mí no me gustaría que nada creciera en mí sin pedir permiso; quizá ese es el problema.

Después me fui. No pensé en volver.

Hoy vine al mismo lugar, quizá con un poco de mala suerte a la misma hora, y lo encontré de nuevo, igual de florecido, y yo, triste, igual que hace tres años.

Vine sin buscar el árbol, pero la tarde era igual a la de ese día e inevitablemente lo busqué apenas lo recordé. Me pareció que no estaba tan lejos como lo había hecho en mi memoria, lo cual me molestó un poco, porque yo creía que había caminado más aquel día.

El árbol estaba ahí. Las orquídeas también.

No sé si eran las mismas. Tal vez no. Tal vez sí. Estaban florecidas. Eso fue lo primero que noté y lo único que parecía importarles.

Yo también estaba triste. Eso sí era lo mismo. Me di cuenta casi de inmediato, como cuando uno reconoce un objeto propio en una habitación ajena.

El árbol me ve, o eso creo, pero me ve con la indiferencia de quien no sabe el concepto de ver, ni el concepto de números, ni de años, mucho menos de tristeza. Un árbol no sabe lo que significa volver. No entiende la diferencia entre entonces y ahora. Está ahí, nada más, siendo un árbol, quizá con orquídeas florecidas, quizá ignorando a un humano triste.

El viento susurra sobre el pasto, al igual que hace tres años, y el silencio llena los huecos que naturalmente el ruido no puede llenar. En esa pequeña intersección de tiempo, un pensamiento casi instantáneo, al igual que absurdo, llega:

pienso: ¿de qué se podría sentir triste un árbol?

Tal vez de no volar, pero los árboles no saben lo que es volar, y no se puede extrañar algo que no se conoce. No conocen la melancolía. Ellos no regresan al mismo punto del que se fueron hace tres años para notar que lo único que ha cambiado es que la arruga de tristeza en la cara se hizo más pronunciada.

Y el árbol, al igual que todos los árboles, me está ignorando por alguna razón. Quizá todos los árboles del mundo se pusieron de acuerdo para hacerlo, para no acompañarme en melancolía, para burlarse de alguna forma, porque saben. Saben que después de tres años yo voy a estar igual de triste. Y ellos van a seguir floreciendo.

Quizá no es que no quieran acompañarme en melancolía. Es que no pueden. No saben. Y si supieran de tristeza, no sé por qué la gastarían conmigo; qué sabiduría milenaria que ellos no tengan les podría compartir para dejar atrás una tristeza que ni siquiera yo puedo olvidar.

Tal vez guardarían su tristeza entre ellos. Tal vez se juntarían, como suelen hacerlo, pero no conmigo.

Porque hoy yo estoy viendo un árbol, siendo un árbol.

Y ellos no están viendo, pero tampoco están ignorando, a un humano intentando y fallando ser un humano.

El árbol no notó mi regreso ni notará mi ausencia. Dentro de tres años seguirá sin saber contar. Seguirá sin saber de tristeza y yo, ajeno a su falta de conciencia, quizá dentro de tres años me dé la oportunidad de fingir que me entiende y le contaré el porqué estoy triste.

El árbol, mientras tanto, seguirá ahí.

Florecido o no.

Sin saber nada.

Pero con orquídeas que no necesita para ser un árbol.

Y yo, con una tristeza que necesito para sentirme humano.

Gio

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