¿Hablar de dolor?
Es pensar en todas esas noches
en las que el sufrimiento es lento y agudo,
cuando quema por dentro,
persistente y crudo,
y duele sin aviso,
sin saber por dónde huir del nudo.
Sientes que quema, es desesperante,
porque algo duele, constante,
y ni siquiera sabes
por dónde escaparte.
Pero tus piernas solo piden correr,
intentar perderte, volver a creer,
reencontrarte en el aire,
aunque sea al caer.
Pero es ahí donde la razón entra,
firme, lenta,
y te enfrenta:
que por más lugares que recorras
nunca podrás esconderte
de ese ser oscuro que aguarda paciente
para asestar el golpe más fuerte.
¿Golpe duro?
Sí, de esos que vuelven todo inseguro,
que aprietan pecho y espalda sin apuro,
dejándolos tan cerca
que falta el aire puro.
Que sacuden manos y pies sin detener,
como un sismo interno
imposible de esconder.
No hay frenos,
ni palabras que puedan ayudar,
no hay luz encendida
ni lámpara que alumbre el lugar.
Y muchos se preguntan:
“¿Es que crees que no hay salida?”
pero no ven las veces
que en silencio te armaste la vida.
Tomaste canalete,
buscando otro horizonte,
pero al dar la vuelta, de repente,
descubres lo evidente:
que sigues
en la misma isla desierta,
con la herida abierta,
y la huida incierta.
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