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Guardián

sk

Abr 10, 2025

75
Guardián
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Estamos llegando al invierno y las horas ya no son las mismas. Las seis de la tarde, para mí, son como las ocho de la noche. Saco la basura temprano para poder resguardarme en mi habitación. Enfrente tengo las vías del tren y, detrás, un árbol gigante de pétalos rosas. El viento empieza a soplar y quedo sumergida en cómo caen las hojas. A lo lejos, escucho un silbido que desvía mi atención. Era largo, finito, como el sonido de un silbato, pero más delicado. Suena una vez más, las hojas empiezan a girar en su lugar mientras caen. Silencio. De nuevo lo escucho, como si fuera un eco, y luego, ladridos de perros.

El árbol que miraba a lo lejos ahora está frente a mí. Es mucho más grande de lo que imaginaba. A mis pies, los pétalos rosas me rodean. El lugar está oscuro, pero puedo ver un camino. Un pastor alemán me observa con la lengua afuera. No me había dado cuenta de que había otro igual detrás, hasta que lo sentí olfatear mis pies. Me asusté; no soy buena con los perros grandes.

Escucho el silbido y sus orejas se paran. Ambos van hacia el caminito, moviendo la cola. Uno se detiene, se acerca y me ladra. Decido seguirlos.

La oscuridad es inmensa, solo puedo ver a mis compañeros. A lo lejos se distingue una tenue luz. A medida que avanzamos hacia ella, la claridad crece. Dejamos atrás el camino de pétalos y ahora estamos parados sobre las vías del tren. Faroles de luz rodean las vías, apuntando al centro, donde hay una figura. Los perros se alejan de mi lado y se colocan junto a aquel desconocido.


―¿Quién sos? ―pregunto, intrigada.

―Alguien que disfruta cuidar y jugar con mis perros ―responde, mientras saca un chocolate del bolsillo. La forma en que mastica el dulce me dan ganas de pedirle uno.

―Ah, pero… ¿qué hago acá?

―No sé, vos decime. Llamé a mis perros para que volvieran conmigo, estuvieron mucho tiempo fuera. Yo nunca te llamé ―dice, algo desconcertado. Es verdad, yo solo estaba sacando la basura. No sé cómo terminé acá.

―¿Sos ese vecino que escucho por las noches?

―¿Ese vecino? ¿Qué vecino?

―El que aparece con un silbido. Siempre que lo escucho, también ladran unos perros.

―¡Ahh! No soy yo ―responde riéndose. Los perros agitan la cola y ladran. Siento que los tres se están burlando de mí.

―Sos muy parecido, entonces ―digo, resignada.

―Puede ser. Seguramente sea mi nieto.

Su voz, de repente, cambia de alegre a… ¿triste?

―Eso es imposible. No sos un viejo.

Es un chico alto, de ojos claros; una combinación de esas que te hacen dudar si existen de verdad. No le veo una sola arruga, de tan blanca que es su piel. Parece un vampiro salido de Crepúsculo. Su pelo oscuro está bien arreglado, peinado hacia un costado con bastante gel. Diría que es flaco, pero tonificado, gracias a la camisa blanca que lleva puesta. Un traje azul francés y botas marrones hasta la rodilla. Una vestimenta poco común para los chicos de mi edad.

―Puede que no se note, pero sí soy un viejo. Morí a los sesenta y seis años, acá, en estas vías. Este que ves soy yo a mis veintisiete. Lisandro, mucho gusto ―dice. Por un rato me quedo muda. No sé qué decir. Me esperaba cualquier cosa, menos estar charlando con un fantasma.

―Mucho gusto. Me llamo Juana y vivo del otro lado de las vías ―respondo y le devuelvo el saludo―. Entonces, ¿el que hace ese quilombo a la noche es tu nieto?

―Sí, debe ser Benjamín. No llegué a disfrutarlo mucho, lamentablemente. Pero estoy seguro de que es él ―dice con orgullo.

―¿Por qué hace eso? Bueno, está bien que lo haga, pero ¿por qué tan tarde?

―Es una tradición familiar.

―¿Sacar a los perros a la medianoche y llamarlos con un silbato?

―Sí, es nuestra forma de cuidar el barrio. Aquella noche en que morí atropellado por el tren, estaba con Pancho y Negro, mis perros. Un chorro había asaltado a una jovencita y salimos a perseguirlo. Estaba muy oscuro y la luna apenas iluminaba el camino. No vimos venir el tren. El chorro safó, pero nosotros… bueno, acá andamos ―dice, y siento la amargura en sus últimas palabras. Pancho y Negro saltan alrededor de él y le lamen las manos―. Todavía tengo un poco de bronca. Justo cuando pasó todo eso, estaba por nacer mi nieto. Es una pena ―entrelaza los dedos y juega con ellos nerviosamente. Le tiembla la voz.

―Lamento mucho que hayas pasado por eso.

―Gracias, Juana. Benja ahora es oficial y tiene un perro igual a los míos. Al menos, sigue manteniendo la tradición.

¿Cómo está tan seguro?, me pregunto.

Nos quedamos un rato callados. Los silencios con personas desconocidas suelen ser incómodos para mí. Me siento presionada a decir algo. Pero con Lisandro no me pasa eso. Es un silencio agradable, reconfortante.


―¡Juana! ¡Son las seis! ―grita mi mamá a lo lejos. Me despierto aturdida, incorporándome lentamente en la cama. El atardecer brinda una cálida luz a mi habitación. Me apuro a vestirme y ponerme las zapatillas. Le había prometido a mi mamá que sacaría la basura.

Es viernes, no hay necesidad de levantarme temprano al día siguiente. Enciendo la compu, busco un video y, justo cuando me estoy por poner los auriculares, escucho el silbido: el guardián.

sk

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