En julio de este 2025 visité Nápoles con un amigo y hermano de esta vida. Visité el único destino del mundo que no me podía perder de conocer. La ciudad en la que mi ídolo máximo llegó a convertirse en una leyenda y en la que de alguna forma el tiempo se detuvo y él sigue viviendo. Llegué (casi) con un solo objetivo: conocer cada santuario, admirar cada bandera, acompañar cada canto, abrazar a cada napolitano que estuviera agradecido por el milagro de un hombre que les devolvió la alegría, el valor, la dignidad.
Ese objetivo fue cumplido satisfactoriamente, pero en esta historia el “casi” terminó siendo más grande que el todo. En Nápoles me dediqué, durante gran cantidad de tiempo, a encontrar el Cornicello perfecto para una persona que acababa de conocer. Un Cornicello es un cuerno de la suerte que se vende en toda la ciudad, prácticamente local por medio. Sin embargo, yo tenía que encontrar uno específico, ¿cuál?, simplemente el ideal, sin más. Volvía a Argentina con la promesa de reencontrarme con esta persona y darnos la oportunidad de conocernos, tenía que volver con el obsequio perfecto.
Recorrimos cada calle estrecha y en el camino descartamos decenas o cientos de ejemplares. Mi búsqueda puede haber resultado demasiado arbitraria, quizás era cuestión de elegir cualquiera y seguir disfrutando del viaje, pero no podía resolverse de esa forma, tenía que aparecer el que estaba buscando. Tras horas de caminata lo encontré. Entramos al local y lo pedimos. Domenico, el joyero, me contó sobre su poder. Me dijo que la persona que lo recibiera debía pedir un deseo y no revelarlo hasta el momento en que se cumpliera. Atendí sus instrucciones.
Al llegar a Buenos Aires, me encontré con esta persona que veía por primera vez en un encuentro mano a mano. Dedicamos una buena parte de esta cita para hablar sobre el tiempo que habíamos estado distanciados y de algunas conversaciones que habíamos mantenido por celular. En algún momento decidí que era apropiado darle su regalo. Le entregué el Cornicello, pero antes tomé su mano izquierda, como me había indicado Domenico, la pinché con la punta del cuerno y le pedí que la apretara con los ojos cerrados, al mismo tiempo que pedía su deseo.
Después de eso nos dimos nuestro primer beso y desató una seguidilla de besos, abrazos y caricias que duró meses. Seguramente los meses más hermosos de mi año. Meses que opacaron todo, el viaje, el mar, Nápoles. Sin embargo, el Cornicello siguió estando presente todo el tiempo, ahí colgando de su cuello, impoluto. Le pregunté en varias oportunidades si su deseo se había cumplido y siempre me lo negó, llegué a creer que nunca haría efecto y que en realidad no tenía ese poder del que Domenico me había hablado.
Sin embargo, poco más de tres meses después de ese primer encuentro, decidimos, tras algunas charlas, ser novios. Fue un momento emocionante para ambos. A pesar de que el cariño intenso ya estaba presente entre nosotros hace rato, fue una confirmación más de ese sentimiento en la relación. Me confesó que su deseo se había cumplido. Ella pidió amar, ser amada y ser novia de esa persona a la que debía su amor.
Le hablé a Domenico para contarle que el Cornicello había cumplido. Me agradeció por compartir la noticia con él, me deseó felicidad, que es lo más hermoso que alguien le puede desear a otra persona, y me comentó (o me anticipó) que nos espera a los dos en Nápoles. ¿Se cumplirá también?

Agustin Botheatoz
Estudiante de Comunicación Social en la UBA. Productor de radio y redactor digital.
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