goner,
Jul 20, 2026
si había algo por lo que kaen estaba marcado, eran sus inseguridades. a veces dudaba, cansado, preguntándose de dónde había nacido ese complejo de salvador que lo ahogaba en silencio. ¿lo había llevado a algún lado acaso? porque no lo recordaba, y ciertamente le costaba. era una de esas noches donde sostener todas las piezas dolía tanto que ni siquiera podía formular una pregunta razonable; ya no sabía dónde pararse porque ni siquiera reconocía sus propias huellas, ni el color de aquellas venas que se marcaban en su palidez.
parecía estar ocupando un cuerpo inerte, un títere robado en medio de un circo ajeno, atrapado en una inercia donde, por más esfuerzo que pusiera, sentía que jamás iba a avanzar del todo.
con el corazón y los pensamientos enredados, su primer instinto siempre era huir a esconderse cuando el mundo pesaba demasiado. había una dualidad extraña en él: una parte que se exponía frente a los demás mientras otra se encogía, proyectando una sombra gigante que se hacía pequeñita al menor descuido. se asomaba en cada rincón, tanteando el terreno, corriendo entre travesuras y manchándole el alma de un dolor profundo que se negaba a desaparecer.
estaba tan acostumbrado a ofrecer la mano y sostener a los demás, que en esos momentos, asustado y al borde del colapso, no sabía cómo pedir ayuda. ni siquiera sabía si era digno de recibirla. su vida era buena, le gustaba sonreír, levantarse cada mañana para esforzarse y construir su día a día, pero aquel caminito invisible que había dejado a sus espaldas lo mantenía ansioso, consumido por algo que ya ni reconocía.
por eso lo había apodado «él».
pensó que si lo nombraba, si le tomaba una extraña clase de cariño y lo domesticaba, tal vez algún día se marcharía. pero se dio cuenta de que había puesto el juego de cabeza: en vez de pelear y echarlo de su vida, le había dado mantas calientes, un lugar para dormir y hasta le había enseñado sus rincones favoritos en el hogar que levantó con tanto esfuerzo.
y ahora kaen ya no sabía a dónde huir.
el aire empezaba a escasear en los pulmones, volviéndose denso y pesado, atrapado en una garganta que ya no emitía sonidos. a donde fuera que mirara, aquella sombra sonriente lo observaba desde la esquina, inmóvil, recordándole que no había escapatoria de la propia mente. sentido y perdido, con el peso del mundo encima y sin aliento para seguir cargando con todo, lo único que quedaba era el eco silencioso de estar cediendo ante el abismo, convertido por fin en lo que tanto temía ser.
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