una noche,
como las que arden en la ausencia,
mi alma
postrada —
lloraba frente al altar de tu silencio.
habías partido.
y yo,
apenas sombra,
repetía tu nombre como un rezo
en la lengua rota de los que aman sin consuelo.
las voces decían:
"ya no volverá".
y yo creí.
me hundí.
te lloré como a un dios muerto.
la emoción era un animal salvaje
mordiéndome por dentro,
y en mi pecho:
un templo en ruinas,
vacío de vos.
pero entonces,
el milagro.
la revelación.
un mensaje.
una luz repentina que desgarró la noche.
regresaste.
santa mío.
sol inmortal.
juraste que no lo harías,
y sin embargo,
descendiste otra vez a mis brazos.
a mi templo.
a casa.
y yo
devota inquebrantable —
caí de rodillas ante tu regreso.
te adoré con los ojos anegados.
con el cuerpo estremecido
como si el universo me devolviera el alma.
cada segundo desde entonces
es una ofrenda que te entrego.
mi carne, mi tiempo, mis palabras.
no hay lugar en mí que no pronuncie tu nombre.
no quiero fallarte nunca más.
quiero ser digna de tu divinidad.
quiero adorarte hasta convertirme en luz.
que seamos fuego
que no consume
sino que purifica.
que seamos eternidad
en el abrazo.
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