Giunico - En la calle, en la carcel y en las escuelas: educar siempre sí.
Abr 11, 2025

El derecho a aprender no redime el crimen, pero honra la condición humana.
Argentina parece a veces un país empeñado en la autodestrucción: el crimen paga poco y mal, las penas son a menudo decorativas, y la reinserción social es una entelequia que solo llena discursos. Es verdad: nuestro Código Penal fue pensado para un país que creía en el orden, no para este lodazal donde la víctima importa menos que el victimario. Hay que decirlo con toda claridad: quien delinque debe cumplir condenas duras, largas, proporcionales al daño que causó. La justicia sin severidad es complicidad.
Sin embargo, eso no equivale, de ningún modo, a negar a quien cumple su pena el derecho a estudiar. No. Incluso aquel que jamás volverá a caminar libre bajo el sol —el homicida, el violador, el traidor a la patria— tiene un último refugio de dignidad: aprender. El conocimiento no expía el crimen, pero honra lo que aún queda de humano en quien ha fallado. No se estudia para “salvarse” de la cárcel, se estudia para no convertirse definitivamente en algo mucho peor.
Cuando escuchamos que se decomisó material de estudio a un preso y que se sancionó su voluntad de superarse, uno no puede más que indignarse. La lógica torcida del sistema se expone como una herida abierta: somos duros donde habría que ser justos, y blandos donde habría que ser implacables. Conceptos clave como educación, reinserción, prejuicio y abandono estatal laten en cada línea de la denuncia que se nos presenta. La afirmación principal es clara y demoledora: se prefiere desconfiar y obstruir antes que construir alternativas reales de cambio. Y yo, desde este lugar, no puedo sino tomar partido a favor de la educación en contexto de encierro, aunque sea para incomodar a los señores bienpensantes que se golpean el pecho hablando de "inseguridad" mientras niegan las herramientas que pueden revertirla.
Basta recorrer un poco de teoría para entenderlo. Foucault, ya advertía que el castigo sin educación no rehabilita: sólo degrada, embrutece, fabrica reincidentes. Una cárcel sin programas educativos es, simplemente, una fábrica de futuros crímenes. ¿Nos sorprende, entonces, que nuestras cárceles estén superpobladas y que el delito sea un círculo vicioso? La hipótesis no sólo es verosímil: está empíricamente demostrada.
El problema es que en nuestro país resulta más sencillo putear por Twitter que hacer el esfuerzo de integrar socialmente a quien cayó, sí, pero que todavía puede levantarse. Parece que estudiar dentro de la cárcel fuera un delito más, como si la intención de cambiar fuese un riesgo intolerable para la mediocridad colectiva.
No nos engañemos: educar en la cárcel no es garantismo ignorante. No es abrir la puerta a la impunidad. Es, en todo caso, una forma de que quien mañana vuelva a la sociedad —porque la mayoría vuelve— tenga una mínima posibilidad de no reincidir. O que, si no vuelve, pueda morirse menos embrutecido de lo que entró. Eso no es progresismo bobo: es realismo, es sentido común, es humanidad sin claudicaciones. ¿Estudiar cambia algo? Sí. Cambia todo. No garantizar educación en las cárceles es condenar a la sociedad entera a repetir sus peores pesadillas. Es elegir ser rehenes de nuestros prejuicios, presos de nuestra propia ignorancia.
El crimen debe ser castigado. El derecho a estudiar debe ser respetado. No hay contradicción, salvo para el mediocre que nunca aprendió ni a castigar ni a educar. Así que dejemos de boludear, la próxima vez que alguien hable de "mano dura" en una sobremesa, mírenlo a los ojos y pregúntenle: ¿qué es más peligroso: un preso que estudia o un país que prefiere que siga siendo un bruto? Sí, país al de derecha le parece un gasto y el de la vereda de enfrente, como históricamente, mucho ruido y pocas nueces.
Por: Giunico
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Giunico. Todólogo y opinólogo. El filtro para el café, no para las ideas. Esto no es una cátedra, ni una redacción obediente: es una charla de café por escrito. Córdoba, Argentina.
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