La siento a ella (La Noche) a través de la ventana. Toda su fina alma, no vive en la oscuridad, sino en la luz que se asoma desde el lavadero, en los autos que cada unos cuántos minutos pasan y en la canilla mal cerrada del baño.
Y mientras tanto sigo viendo como entra por la ventana, hasta que me veo invadido por febriles quimeras de leones y negras africanas en una costa soleada, con un peñasco de roca blanca continente adentro, todo mientras se deja oír el sonido de los tambores de las tribus. Luego veo un tren. Un hermoso tren, con amplias ventanas, por las que entra un sol de invierno apacible. Dentro del camarote veo a dos personas sentadas. Yo soy una de ellas. Yo (supongo ser yo), estoy vestido con un traje de botones de gamuza roja. Veo a la otra persona, mi hija, y pienso que ya es hora de encontrarle un muchacho muy buen mozo para alargar a la estirpe. Y mientras pienso esto, mi hija se levanta. Veo su cuerpo jovial y sus cabellos rubios iluminados por el sol. Saca su violín y se pone a tocar un scherzo. Ahora estoy feliz y seguro de ser el botones. Ahora dejo de ser el botones para volver a ser yo. Sigo escuchando el cíclico sonido del agua de la canilla mal cerrada. De repente me encuentro a mi mismo bajo una fría garúa, caminando por calles iluminadas con faroles de aceite y viscacheando a los clientes de los bares, que gritan, beben coñac y hablan del día en la oficina. Ya estoy cruzado y no hay quien me pare; he decidido atacarlos. Pronto me reincorporo de esta violenta empresa pues, no había forma de ganar esa batalla. Pero la violencia sigue en mi. Por eso resolví atacar al aire. Para esto, aprieto la mandíbula y con los puños golpeo en todas direcciones. El aire tiene más soldados; la única forma de ganar es hacer el mayor alboroto posible para asustar a sus huestes. El enemigo parece invencible. Esto me fuerza a abandonar la lucha. Pese a la decepción, sigo caminando, pero esta vez a las orillas del río. Sobre mi se empieza a despejar la garúa, y logro ver a la poderosa cruz del sur. Con cada brisa que siento sobre mi cuerpo, con cada persona que veo pasar, me invaden las imágenes de hacia dónde se dirigen; quimeras me nublan los ojos con la blancura eterna al sur, colores, negras, monos y leones al norte, escarpadas montañas al oeste y un gran río plateado con estelas blancas producidas por las canoas de los indios que lo cruzan al este. Y por fin logro conformarme con la oscuridad, por fin logro ver mi destino, abrazarlo y conformarme con el pan duro que mi vida será. Ahora soy más viejo que la montaña, soy el río, la negra, el botones, el aire y la blancura eterna. Y no soy la blancura eterna por que no haya oscuridad; soy la blancura eterna porque antes solo había oscuridad.
Alzo la cabeza para reincorporarme, pero lo único que veo es el lavadero y el pulmón del edificio, acompañados por el isócrono ruido de la canilla y la garúa que cubre a la ciudad, como una manta reconfortante pero a la vez dolorosa. Y en esto ya no siento a la noche, solo siento a la luz, porque para algún planeta lejano, la cruz del sur es el día.
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