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Galletitas de Limón

Aug 27, 2024

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Galletitas de Limón
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Estaba muy entusiasmada. Veía las casas pasar, a través de la ventana del auto y rezaba para que los semáforos no nos cortaran el paso. La urgencia se debía a que mi colegio había organizado un campamento y no quería perderme de nada.

Normalmente para los campamentos íbamos a una quinta súper grande, dormíamos en carpas y comíamos hamburguesas a la parrilla. Si no fuera por la cantidad de mosquitos, diría que ese era el paraíso mismo.

Sin embargo, este año tuvimos una mala suerte terrible. A séptimo grado le tocaba tener el campamento a fines de invierno, pero lo pospusieron porque hacía demasiado frío como para dormir en carpas. Lo pasaron para principios de primavera, pero no dejaba de llover. Y, por último, lo pasaron para ese momento, fines de primavera y último día de clases. Pero después de tanta lluvia la quinta que solían alquilar estaba inundada, así fue como surgió el “campamento” dentro del colegio.

Pasaríamos el día todos juntos en los patios y dormiríamos en bolsas de dormir dentro de las aulas. Al principio me desilusioné un poco, pero sabía que me iba a divertir igual, solo esperaba que hicieran hamburguesas, aunque no fueran a la parrilla.

Mamá estacionó el auto y me acompañó hasta la puerta del colegio para llevarme el bolso. Se despidió de mí con un beso y con un “¡Portate bien!” y entré al edificio sin más demora. Saludé al director, quien siempre esperaba en la puerta a que entren todos, y fui al patio a reunirme con mis compañeros.

Mientras izábamos la bandera, las maestras no dejaban de chistarnos, todos estaban ansiosos y no paraban de hablar de lo que llevaron a escondidas o lo que esperaban hacer esos días. Luego habló el director, dándonos la bienvenida a todos y aconsejándonos que nos portáramos bien y nos divirtiéramos, también nos contó algunas de las actividades que íbamos a hacer durante el día.

La primera actividad fue bastante divertida, nos dividieron en grupos y jugamos al dígalo con mímica, nos reímos un montón cuando un compañero tuvo que actuar de dinosaurio.

- ¿Ya llegó tu tío? –me preguntó mi amiga Agustina a la hora del almuerzo.

- Todavía no, mamá me dijo que después del campamento él ya estaría en casa.

Mi tío Daniel vivía en la costa, por lo que no lo veíamos seguido, pero siempre iba a mis cumpleaños y a mis amigas les encantaba porque siempre jugaba con nosotras –cuando éramos chiquitas lo vestíamos de princesa- y nunca nos trataba de tontas por tener 12 años. Además, ¡hacía las mejores galletitas de limón!

El resto de la tarde pasó rapidísimo entre juego y juego, pero lo verdaderamente interesante pasó a la noche, antes de cenar. Yo nunca había visto películas de terror ni nada por el estilo, pero mis compañeros se hacían los valientes enumerando las que ellos habían visto y, según las exclamaciones del resto, debían de ser atemorizantes.

Al escuchar lo que hablaba nuestro curso, un grupito del B se nos acercó, mis compañeros pusieron mala cara, nunca nos habíamos llevado bien entre divisiones.

- Esas películas son para bebés, son todas inventadas –dijo uno.

- Sí, las que en serio dan miedo son las historias reales –le siguió otro.

Y se pusieron a contar historias y vivencias paranormales que supuestamente habían tenido. Al principio no me creía nada, pero después de un rato el ambiente se puso extraño, nos sobresaltábamos con cualquier sonido, veíamos formas siniestras en cualquier sombra y nos sentíamos observados.

Las hamburguesas casi logran hacerme olvidar el miedo, pero llegó el momento de irnos a dormir. Nos separaron en grupos y nos dijeron en qué aula teníamos que acomodar nuestras bolsas de dormir. A Agustina y a mí nos tocó con tres chicas con las que no hablábamos mucho, pero, por suerte, nos llevábamos bien con dos de ellas. La tercera, se quiso hacer la canchera:

- Chicas, ¿y si jugamos al juego de la copa? –la miramos con extrañeza- Ya saben, ese juego para hablar con espíritus.

- Mmm, mi mamá dice que no hay que molestarlos –dijo otra de las chicas.

- De todas formas, ¿de qué nos serviría comunicarnos con ellos? Prefiero irme a dormir para estar bien despierta a la mañana, escuché que van a traer medialunas para desayunar –dijo Agustina mirándome, ella sabe cuánto amo las medialunas.

El resto estuvimos de acuerdo en dejar de lado el juego de la copa. Nunca me dieron miedo los espíritus, pero aun así les tengo respeto y no encuentro un motivo por el cual molestarlos.

Me acomodé en la bolsa de dormir y no tardé mucho en dormirme profundamente.

Desperté al día siguiente con muchas ganas de comer medialunas. La mañana pasó volando y, antes de que me diera cuenta, ya eran las cinco de la tarde y mi papá me había ido a buscar. En el camino a casa, le conté cuánto me había divertido y todo lo que habíamos hecho.

Aunque estaba cansada, estaba emocionada por ver al tío Daniel. Al llegar a casa, me recibió con un fuerte abrazo y les conté a él y a mamá todo lo que pasó en el campamento. Después de charlar un rato, el tío me dijo:

- Sabía que vendrías cansada, así que apenas llegué me puse a cocinar, ¿querés unas galletitas de naranja?

¿De naranja? Sus galletitas eran de limón… y eran las únicas que sabía hacer. Lo miré extrañada y, aunque no respondí, me acercó una fuente con galletitas. Efectivamente: eran de limón.

- ¿Qué querés hacer? ¿Jugamos a la Play? –preguntó.

- ¿Jugar a la Play? ¿Por qué preguntaría algo así sabiendo que nunca habíamos tenido una Play? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué decía cosas tan raras?

De pronto me sentí extraña, como si yo no fuera yo, me pesaba el cuerpo y sentí como si estuviera en un sueño.

Volví a mirar al tío Daniel, pero ya no estaba ahí, en su lugar había un gran hombre con piernas de cabra y cuernos, pero no se parecía en nada a mi tío. Sonreía de forma siniestra y me miraba con unos ojos tan negros como el carbón.

Asustada, me desperté de golpe.

- ¿Estás bien? –me preguntó Agustina.

Todavía era de noche y me encontraba en mi bolsa de dormir, en el colegio.

- Sí, tuve una pesadilla –respondí, aunque ya no recordaba los detalles de la misma.

- No dormiste mucho tiempo, pero estuviste diciendo cosas raras.

- ¿Cosas como qué?

- No sé, sílabas sin sentido –dijo poniéndose de pie-. Voy al baño.

- ¿Querés que te acompañe?

- No, está acá al lado, mejor intentá seguir durmiendo o se te va a ir el sueño.

Se fue y me volví a recostar. Intenté recordar el sueño que había tenido, pero solo recordaba cosas generales y que un monstruo se hacía pasar por mi tío. Sin darme cuenta volví a dormirme.

Al día siguiente, cuando el campamento terminó y mi mamá me fue a buscar, lo primero que hice fue contarle lo que recordaba de mi pesadilla. Al terminar, ella se quedó pensativa.

- Una vez, tu abuela me dijo que existen unos monstruos que se meten en la cabeza de las personas, absorben algunos de sus recuerdos y costumbres y, luego, los usan para atacarlos mientras duermen, por medio de los sueños.

- Pero se equivocó, el tío Daniel solo hace galletitas de limón.

- Se ve que tu monstruo no estudió bien tus pensamientos. Seguro estaba desesperado porque le respondieras una pregunta.

- ¿Una pregunta? -me extrañó su aclaración.

- Parece que la única forma de que los monstruos de los sueños puedan atacarte es si vos los invitás a ello.

- ¿Pero qué tiene que ver que me pregunte algo con que yo pueda invitarlo a atacarme?

- La "invitación" es como un pacto que se hace, como un ritual. La forma de hacerlo es contestando a una pregunta del monstruo y, además, preguntándole algo después. Una vez que él te responda a esa pregunta ya no hay marcha atrás, ¿entendiste?

- Sí, pero… ¿por qué querría atacarme?

- Porque estando dormida es más fácil robarte el alma –me respondió, sonriéndome con burla, a la vez que su mirada se oscurecía y se volvía de color negro carbón.

Abril Volpe

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