En una trampa repentina del corazón
sin previo aviso de curva
nuestros cuerpos se desarmaron en caída libre y apareció el vértigo
porque Todo se termina.
Ese dolor será demencia o memoria:
mi abuela en sus últimos días del discernimiento
la tarde en que mi hombro se quebró a los once años
la voz de mi madre que jamás logró consolarme
un agridulce beso de despedida.
Persisto y riego el jardin de los recuerdos
esperando que crezcan tan altos como un Lahuán
para observar la Basílica de Luján desde otra perspectiva y gritar a los cuatro vientos:
aún añoro tu bosque frutal y como la luz entraba por el ventanal de los mil colores reflejando tu lado más sincero.
Si bien entiendo que nadie es una isla, naufrago en tu pileta de cemento vacía:
¿Encontraré allí la pieza perdida? ¿Recordaré cómo fuimos en otras vidas?
Seguro éramos todo lo que teníamos
los pies quemados de tantas horas en la arena bajo el sol
nuestras sombras más pendientes que nunca
buscando un símbolo de paz en las ballenas
a pesar de nuestro miedo a nadar.
La tortura de esperarte y desconocer tu paradero
aquel vacío en tu inconstante mirada
y mis absurdos intentos de rellenar los espacios con colores.
Quizás solo se necesitaba un minuto de silencio
para poder tallar una armonía en ese peculiar y ruidoso corazón tuyo
y el mío, tal vez, a contratiempo.
Hay días en los que una no quiere ser superviviente
hasta que esas cicatrices se convierten en la bandera que abrazas al amanecer
porque en ellas yace el combustible que te dará calor en la cumbre.
Ahora es momento de rendirte ante la fuerza de la naturaleza
y permitir hacer lugar para La Libertad.
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