nunca he sabido muy bien cuál es mi lugar.
la gente parece tenerlo claro desde temprano. encajan en palabras que funcionan como cajones: esto soy, esto me gusta, aquí pertenezco. hablan de sí mismos con una tranquilidad que siempre me ha parecido ajena, como si su identidad fuera una habitación bien iluminada donde todo tiene nombre y sitio.
yo, en cambio, siempre he sentido que estoy de pie en un pasillo sin salidas.
no es que no haya intentado entrar. lo he hecho muchas veces. me he sentado en mesas donde todos parecían entenderse, he repetido las mismas bromas, he aprendido a asentir en el momento correcto. a veces incluso logro quedarme ahí un rato, sin que nadie note que estoy un poco fuera de lugar.
pero siempre hay un momento en que lo siento: una especie de roce incómodo por dentro, como si la forma de mi cabeza no encajara del todo con el molde de la máscara que llevo puesta.
no es rebeldía.
no es que quiera ser diferente.
es más bien la sensación persistente de que las cajas que existen ya vienen con una forma definida, y yo no termino de caber en ninguna sin tener que doblarme un poco.
a veces me pregunto si hay algo defectuoso en mí por eso. si todos los demás encontraron su lugar y yo me perdí el día en que lo repartieron.
pero también hay momentos ((raros, silenciosos)) en que empiezo a sospechar otra cosa.
...¿mi lugar está en una caja?
tal vez pertenezco más a los espacios entre las cosas.
a las conversaciones que ocurren cuando ya casi todos se han ido,
a las canciones que nadie pone en fiestas pero alguien escucha a solas,
a los pensamientos que aparecen cuando la casa está en silencio.
no sé si eso cuenta como pertenecer. pero es lo más cercano que he encontrado.
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