¡Pegado! ¡No lo dejes pensar! ¡Comelo!
¡Dale, dale, al 9 ya, ya, ya! Que forma de malgastar una contra ¡Mamita!, este pibe no te salva de una.
¡Apretalo que no sabe! ¡Dale Juanma, un poquito más!
No sé que gritarán todos esos hombres de detrás del alambrado, de no más de metro y medio de alto. Pegados a la línea blanca de lateral, pareciera que ese alambrado les impide entrar a divertirse, a jugar, no lo sé.
¡Por dios! Tienen la suerte de estar sanos, yo con mi rodilla toda atornillada me muevo mejor.
Suena extraño todo su murmullo, pero no le di importancia alguna, por suerte me tocaba jugar del otro lado de la cancha.
¿Pero por qué jugás con ese?
Todo eso cambió a la hora del segundo tiempo, todos los chicos de la prueba que no jugaron la primera mitad juegan, el resto que ya tuvo su oportunidad al banco. En ese instante se me acercó quien, cuando mira fútbol, es un total desconocido al que llamo papá. No tardo ni 20 segundos en apoyar su antebrazo contra la baranda y empezar a marcarme todo lo que debía haber hecho. Recriminó todas mis aperturas con el niño de tez morena que jugaba por banda izquierda, pegado al márgen de la cancha, totalmente alejado de todo lo que ocurriese al otro lado del campo de juego. Decidido yo lo había visto tomar la camiseta 99 y entrar sin decir ninguna palabra, tan solo hacer sonidos para llamar la atención de los volantes que conducían el juego.
Luego del regaño me dirigí hacia la línea de cal que trazaba la unión entre el banco y el banderín del córner, ya que allí sabremos si habrá que presentarse el día de mañana para una segunda prueba. Nos sentamos todos y de inmediato llamaron a un tal Doran, ninguno de nosotros sabía siquiera el nombre de a quien le dimos el primer pase, pero no tenía la más mínima duda que quien se pondría de pie sería aquel morocho con la 99. Le dieron la noticia y no lucía emocionado, ni contento, parecía un día más. Afortunadamente el único, luego de 30 eternos minutos de sentir las manos sucias de apoyarlas en la tierra, en ser llamado fui yo.
Al salir del predio no pensé en contarle a mi papá todo lo que pasó, simplemente me llamaba la enigmática presencia de ese tal Doran, así que lo fui a buscar. Al chocar con él en la salida me presenté, le dije si le gustaría que vayamos juntos a la prueba final, pero no conectamos, no sé, sentí como si no me entendiese, no fue rechazo, fue incomprensión.
A las 12 de la mañana puse los pies en los pedales de la bici y fui en dirección al predio sin aviso alguno, a mi no me interesaba lo que pasara una vez habiendo vuelto de jugar, pero quería que mi papá no me viese. Fue solo entrar y tener mi lugar de liberación personal, sentirme solo, pero solo en casa. Como ya habíamos pasado la primera prueba, la de hoy consistía en el partido completo, mezclados con los chicos que ya juegan en el club, así que volví a sentir que nadie me entendía, la pelota la doy y no me la devuelven, la pido y no me la dan, trato de recuperarla y nadie me ayuda. Sin embargo en ese momento recordé que había un loquito con la 99, que tampoco me entendía cuando me hablaba, pero sí cuando se la daba redonda en el botín izquierdo, cuando le pedía con la mirada que pique al vacío. Fue esa instancia de darme cuenta la superficialidad del idioma, que le di lugar al lenguaje, que parecen lo mismo, pero para Doran y para mi son azúcar y sal. Asistí a Doran en tres ocasiones, era feliz de dejarle la gloria en bandeja porque con un abrazo de gol me decía gracias.
Culminamos la prueba y agradecidos con nosotros nos dieron la mejor noticia, estábamos en el equipo. Detrás de ese alambrado, donde nos veían como animales en un zoológico, luchando por la supervivencia, vi entrar a la cancha a una señora de no menos de 55 años y a 6 pequeños que claramente eran hijos suyos. Se acercaron a Doran con lágrimas en los ojos y le pidieron con gestos a uno de los padres que saque una foto. Desde el fuera de campo yo los miraba y Doran, quien parecía saber que yo no tenía con quien sacarme, inclinó la cabeza invitándome a ser un hermano más. Es en esa foto en la que veo en carne viva que el fútbol, la familia y todas esas construcciones no son más que un lenguaje, que hay quienes viven al márgen de la cancha, sobre la línea blanca, pero que con un buen botín izquierdo son iguales a cualquiera, así que a la vuelta en bicicleta iré pensando que tengo un hermano en esta vida y que como si fuera la quiniela, hay que jugársela por el 99.
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