Hay días en que quisiera romper algo.
No por rabia exacta,
sino para escuchar un sonido claro,
algo que confirme que todavía puedo alterar el mundo.
Camino midiendo mis pasos,
controlando el tono,
siendo prudente, correcta, razonable.
Estoy cansada de ser razonable.
Quisiera equivocarme sin cálculo,
decir lo inapropiado,
reírme demasiado fuerte
en el lugar menos indicado.
Pero me contengo.
Siempre me contengo.
Como si hubiera una versión ideal de mí
observando desde arriba,
tomando nota de cada exceso.
A veces imagino
qué pasaría si dejara de sostener la compostura.
Si dijera exactamente lo que pienso
sin suavizar bordes.
¿Se irían?
¿Me quedaría sola?
¿O finalmente algo sería auténtico?
No lo sé.
Entonces vuelvo a ajustarme.
A elegir la frase correcta.
A guardar lo incómodo en el bolsillo.
Y el mundo sigue intacto.
Demasiado intacto.
Tal vez no quiero destruir nada.
Tal vez solo quiero sentir
que no estoy viviendo
con el freno puesto.
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