Hace rato te escribí,
y comenté
no querer estar en tu posición
porque — Si fuera de mí—
estarlo significaría morir,
vivir y explotar de tanto sentir.
No me consideraría una persona extremista,
pero significaría que
todos los recuerdos que compartimos
y esos anhelos que nos propusimos una vez
habitan mis ojos en cada instante
en el que nuestras miradas se cruzan.
La incomodidad crece cada vez más con el pasar del tiempo.
El desgaste y el olvido se simplifican con un único ejemplo: Es como usar tu jeans favoritos y no soltarlos con los años. Hasta que se desvanecen en el fondo del armario.
Es tambalear ante el cansancio escrito en mi rostro, la máscara de la indiferencia —del no sentir— es como una segunda piel.
Ilusión,
vacío,
todo que siento al verte
en mi vida cotidiana,
mis recuerdos
y en mis sentimientos ocultos.
¿Qué es lo que todavía no puedo dejar ir?
¿Será el tiempo, los besos y caricias compartidos o será algo más que no puedo discernir?
Negarte sería mentirme a mí mismo,
pero tampoco puedo admitir
lo que tanto me cuesta asumir.
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