Son las 13.26hs y estás en la terminal de colectivos del pueblo. No te gusta esperar, pero lo hacés igual. ¿Existe un botón capaz de acelerar el tiempo? Sabés que no. Pero agarrás tu celular y te pones a mirar posteos en Instagram, que es casi lo mismo.
El colectivo llega, y la gente se empieza a movilizar. Ves que nadie mira realmente a nadie, así que devolvés la mirada inmediatamente al celular.
"Creamos un lugar donde todo puede pasar, pero solo podemos mirarlo desde afuera." Dice un post de jugodeanana. Vos le das me gusta y la fila para poder subirse al colectivo se empieza a agilizar.
Querés guardar tu celular pero, casi involuntariamente, tu dedo desliza una vez más.
"Hasta siempre Indio."
¿Qué? Bajás, sin parar.
"Dolor y conmoción"
No lo podés creer, no lo querés mirar.
"El último adiós al más grande"
Pero ahí está, es real.
"Falleció el Indio Solari."
Y vos seguís ahí, en la fila del colectivo. Tragás saliva. Bloqueas tu celular con una mano, y con la otra entregas el boleto. En el pecho, te comienza a galopar un caballo de 300 toneladas mientras elegís el último asiento disponible al lado de la ventana. Crees que te va a dar un ataque de pánico, pero ya sabés que solo necesitás quedarte a solas para poder descargar. Jamás pensaste que te iba a doler tanto, pero cuando estás en público no te das el permiso de llorar.
Los auriculares hacen sinapsis con el celular, e inmediatamente le das play. Lo primero que suena es Flight 956.
Y vos también estás triste, y vos tampoco podes hablar.
(...)
Te perdés en el paisaje verde que te ofrecen esos árboles infinitos y un recuerdo te ocupa la mente de golpe, como si fuera una piña inesperada del inconsciente. Y otra vez estás bailando mi perro dinamita mientras molestas a Tucho, que todavía es un cachorro y su instinto de ovejero alemán es perseguirte por todo el patio porque solo tenés 15 años y muchas ganas de joder.
Y te caes en el pasto.
Ves tu rodilla ensangrentada y llena de tierra. Y te duele. Y querés llorar pero solamente te reís, porque ese es el momento más puro de la vida. El momento exacto en el que te atrapa una sensación tan fuerte que no sabés como expulsarla del cuerpo y terminás simplemente atravesándola como podes, como te sale.
(...)
Tu cabeza choca de a ratos contra el vidrio frío del colectivo, pero no te movés demasiado, porque no querés que el señor que se sentó a tu lado vea como se te caen las lágrimas una por una. Como si fuera una corriente contínua de tu río interior, como si llorar en un Río Uruguay fuera un evento que no merece espectador.
Los minutos se esfuman mientras te perdés en el bucle del pensamiento, te bajas del colectivo y el resto del día una neblina gris camina junto a todos en la ciudad, como si la angustia hubiera encontrado una manera válida de caminar las mismas calles y de perderse en la humedad. Sabés que este día nunca lo vas a olvidar, porque en algunas cuadras suenan los redondos y viste una señora bailar por la calle Tucumán.
Tu rodilla no está ensangrentada y llena de tierra, pero aún así algo te duele.
Porque al verla bailar querés llorar pero solamente sonreís, y reconocés ese mometo exacto, otra vez. Ese momento en que te atrapa una sensación tan fuerte que no sabés como expulsarla del cuerpo y terminás atravesándola como podes,
como te sale,
con valentía.
Porque morir es otra cosa,
porque en la calle ves la vida,
porque entre lágrima y sonrisa,
¡a los grandes no se los olvida!
"Llorarás con un ojo y con otro te reirás..."
Flight 956, cómo te vamos a extrañar.

Agustina Ailin Mardones.
Columna digital gratuita, pase a ver sin compromiso. Escribo desde Misiones, Argentina.
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