I.
¿y si te pido que me des la mano?
no quiero sonar sonsa, malparida
menos porque el roce de tus dátiles
a medio camino me permiten moverme
en un sentido contrario al mio solo
con la excusa de mantener mis labios
sobre tu oído.
II.
te susurro maldades bajo el efecto de
un daikiri porque el vino blanco me
cede la pauta que de mi garganta
salga un grito de “te necesito, flaca”.
III.
¿es demasiado? ¡por favor que insulso!
¿que ahora una mujer no puede desbordar
impudicia entre sorbos y agasajo? penosos
los hombres que estigmatizan el esfuerzo
del desvelo, atención o esmero en el que
hoy yo me pongo en juego para luego de
un trago mas llevarte al infierno.
IV.
te leo a safos de lesbos entre besos,
resucito a jesús entre tus pechos porque
el dios que murmuras con deseo no es otro que
mi persona tocando cada botón de tu cuerpo.
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