De tapa a rosca milimetrada. Habíamos hablado largo y tendido con Agustina que no podía creer que la cafetera se había hecho en Argentina. Ahora la quería bastante más. Y sin embargo, mientras mejor hablé de ella más fue complicando el giro que no encajaba. La base que se abría debía unirse prolijamente como la ingeniería lo había pensado. Pero acá estaba, mirándonos desafiantes con el pedazo de metal que se esforzaba en deslizarse, luego en trabarse, luego en amagar a caerse cuando lo apoyaba en la mesada.
Un golpecito se hizo pequeño a último momento y terminó por camuflarse en el rejuntar de las cáscaras de cebolla sobre la mesada. Que se volvió acto útil para juntarlas y tirarlas al tacho.
Suspiré. Apreté el puño. Re-suspiré.
—¿Cuánto faltará para el fin del mundo?
Agustina se levantó sin hacer ruido, como si pudiese traspasarme sin esfuerzo, apareció entre mis brazos apoyados con el cuerpo algo alejados del mármol. Se hizo grande poco a poco desplazándome con cautela mientras con su espalda lentamente levantaba mi remera. Mis ojos sumidos en un mar de pelo amarronado que olía incoherentemente a coco. Y tras ellos, en el mundo Agustina, el click de ambas partes de la cafetera sin ningún otro quejido del esfuerzo.
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