Luego del payo, y de la sabiduría de los viejos, Fierro y Cruz, ya cansados de la huida y de la vida entre los toldos, deciden marcharse. Se despiden del Cacique con respeto, pero sin nostalgia; sienten que el desierto es ancho y ya no les ofrece el destino que buscaban.
Mientras caminan hacia el límite incierto donde la Pampa se encuentra con la civilización, se topan con una figura solitaria. Es el Indio que Fierro había herido en el episodio de la cautiva, el mismo que los había seguido con rencor. Pero este Indio no lleva lanza ni boleadoras, solo un poncho raído y la honda. Se detiene ante ellos.
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