En mi infancia nunca idolatré a ningún cantante porqué a los diez años mis héroes se fueron con meses de diferencia.
Fassio, Andrés, era profesor de música en una secundaria pública bastante olvidada. De esas que parecen sostenerse más por la voluntad de algunos docentes que por la estructura del lugar. Él había convencido a un grupo de adolescentes de que podían hacer una radio. La llamaron radio 80. Yo pasaba tardes enteras escuchándolos hablar durante horas en el salón más destruido del colegio. Hablaban de cualquier cosa, pero lo hacían con esa intensidad con la que se habla cuando todavía se cree que las palabras pueden cambiar algo.
Nunca lo vi hacer un gesto que no estuviera inclinado hacia arriba.
Y después estaba Martínez, Norma. También era docente, pero yo la conocí de otra manera: entre puchos, termos de mate y una cocina improvisada donde preparaba la pasta más rica que probé en mi vida. Para mí tenía un nombre especial: “fideos con caramelo rojo”. Era nuestro ritual de mediodía, una especie de refugio pequeño en medio de todo lo demás.
Cuando Fassio decidió irse, el colegio quiso hacerle un mural. Y lo hicieron. Para mí fue algo más que una despedida. Fue la primera vez que volví a sentir ganas de pintar después de la decepción que me había dejado Ojeda, mi profesor de artística, cuando no me eligió para participar en otro mural. A esa edad uno no sabe explicarlo, pero esas pequeñas exclusiones pesan más de lo que deberían.
Sin embargo, esa vez fue distinto. Nunca me había sentido tan segura de mi creatividad como cuando dejé mi admiración por ese hombre clavada al cemento.
Norma escribía. No creo haber heredado su ingenio, pero a veces mi abuelo se queda mirando mis hojas con una nostalgia extraña, como si entre mis palabras reconociera algo que le pertenece a otra época. Dice que mi letra se parece a la de ella.
Durante años los lloré. Todas las semanas. No lograba entender cómo personas tan buenas podían irse tan pronto. Y, sobre todo, cómo podían irse dejándome sola con la sensación de que algo muy importante se había terminado demasiado rápido.
Con el tiempo empecé a notar algo incómodo y hermoso al mismo tiempo: ciertos gestos míos se parecían a los de ellos. Algunas palabras que usaba también. Como si una parte mínima de su forma de estar en el mundo hubiera quedado alojada en mí.
Eran buenos, pero no en el sentido fácil de la palabra. No ese “bueno” vacío que se repite por costumbre. Eran buenos de verdad, de esa forma rara que hace que la gente se vuelva inolvidable sin proponérselo.
A veces pienso que quizás se fueron antes porque necesitaban una paz que este mundo no supo darles.
No me acerco demasiado a esos pensamientos. Ni siquiera ahora.
Pero hay días en los que siento que sigo caminando con una parte de la vida que ellos dejaron en mis manos. Como si algunas de sus maneras de mirar el mundo hubieran decidido quedarse conmigo cuando ellos se fueron.
A veces lo noto en un gesto, a veces en una palabra, a veces en la forma en la que todavía me detengo a escuchar a la gente hablar durante horas.
Entonces entiendo algo; ellos no desaparecieron del todo. Solo dejaron de estar. Algunas personas no pasan por la vida, la dejan repartida. Y a mí me tocó una parte.
Ellos eran vida, y quizá por eso la muerte los quiso antes que al resto.
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