mobile isologo
buscar...

Federico y yo – Columna 18

Abr 15, 2026

16
Federico y yo – Columna 18
Empieza a escribir gratis en quaderno

Verano del 2015
Piscina de Federico 10:30 p.m.

Federico y yo flotábamos lentamente en la piscina, cada uno por su lado, medio alcoholizados por el ron más barato que habíamos conseguido en la tienda del barrio. Mirábamos boca arriba el resplandor de la luna llena que caía sobre nosotros. No había gente. No había ruido. Solo el sonido leve de la piscina meciéndose sobre nuestros cuerpos.

Sin mirarlo, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo nos conocemos, Fede?
—Creo que dos meses, chino.
—¿No sientes que es muy poco tiempo?
—Sí… es raro.

Se impulsó suavemente con los brazos, se agarró del borde de la piscina y me miró.

—Es como si nos conociéramos desde hace mucho más tiempo, ¿no?

De alguna forma, mi amistad con Federico se fortaleció así: sin esfuerzos, al igual que la fluidez de la piscina. Desde el día que nos conocimos, nos complementamos de manera natural. Él, tan desenvuelto y charlatán, incluso con esa tartamudez que lo fue caracterizando. Yo, más reservado, sereno y de pocas palabras, especialmente en esas épocas escolares.

En el último año de la secundaria, había una chica llamada Nuria, dos años menor que nosotros, que tiempo después me confesó por escrito algo extraño y tierno a la vez. Fantaseaba con Federico y conmigo. Éramos sus amores platónicos. Escribía en la plataforma Wattpad una novela romántica donde yo tenía una relación amorosa secreta con Federico. Viéndolo en retrospectiva, fue la primera vez que alguien dudó, imaginó o shippeó algo que nos llevaba más allá de la amistad.

 

Cada vez que Federico venía a mi casa, mi padre decía en broma:

—Ya llegó tu novia.

Y en su casa, su abuela y sus tías le repetían:

—Hijito, apuesto a que al chinito le gustas.

Federico y yo nos reíamos. Era absurdo. Teníamos citas con mujeres. Nos besábamos con mujeres. Nos acostábamos con mujeres. Yo lo consolaba cada vez que alguna le rompía el corazón, así como él estaba para mí cada vez que yo me ilusionaba con otra.

Y aun así, la pregunta siempre aparecía, sobre todo cuando alguien nos conocía por primera vez:

—¿Son pareja?

Invierno del 2025

Había regresado a vivir a Lima después de dos años en Buenos Aires. Decidí mudarme con dos amigos. Nunca había convivido con nadie, pero quería experimentar esa vivencia de soltería. Uno era Federico. El otro, Jordan, “El Negro”, un venezolano intensamente enamoradizo que traía al departamento un amor de su vida distinto cada semana, siempre convencido de que esta vez sí era la definitiva.

Al departamento lo bautizamos como ¨El Bunker¨.

El primer día que me mudé oficialmente, mientras todavía desarmaba mis maletas, Federico me preparó unos wraps con guacamole de bienvenida. Nos sentamos en la sala a comerlos viendo cualquier cosa en YouTube.

Cuando le di el primer mordisco al wrap, escuché un gemido fuerte que venía del cuarto de Jordan.

—¿Y ese gemido? —le pregunté, masticando.
—Jordan está con Lili —me respondió, tranquilo.

Se escuchó otro gemido. Más fuerte. Después, una nalgada con un sonido casi olímpico, como de competencia internacional de tiro.

—¿La está follando o la está descuartizando? —pregunté riéndome.
—Le voy a subir el volumen a la tele —dijo Federico, muriéndose de risa.

Pero el volumen de la tele parecía subirle todavía más a los gemidos. Hubo uno final, largo, agónico, que me hizo dudar seriamente si eso era placer o una llamada de auxilio.

—Huevón… coger así debería ser ilegal —dije—. ¡Un delito Penal!

Quince minutos después, salieron Jordan y Lili del cuarto. Agitados, sudados y extasiados. Lili se detuvo en seco al vernos a Federico y a mí sentados en la sala, comiendo wraps como si nada.

—Hola chicos… perdón por el ruido —dijo, sonrojada pero sonriente.
—¿Qué ruido? —respondió Federico—. No se escuchó absolutamente nada.

Soltó una carcajada involuntaria. Yo escupí el wrap al no poder contener la risa.

—No se hagan los idiotas, chicos —dijo ella, riéndose—. Tampoco soy tonta.

Jordan se me acercó.

—¡Chino, al fin te mudaste! —me dijo Jordan, emocionado—. Lili te quiere presentar una amiga. Dice que le pareces lindo.

—Sí, Kai —insistió Lili, sin darme tiempo a respirar—. Es cosplayer, media otaku. ¡Le encantas!

Nunca me atrajeron demasiado las cosplayers ni las otakus. No por prejuicio, sino porque siempre sentí que yo no encajaba en ese mundo. Lo curioso es que, por alguna razón que todavía no entiendo, yo sí les gustaba a ellas.

—No sé, Lili… —dije de manera un poco inseguro—. No es mucho mi tipo.

Lili me miró como si acabara de decir que odiaba a los perros.

—Ay, no jodas, chinito. No seas cerrado —dijo mientras ya desbloqueaba su celular—. Mira.

Se me acercó más de la cuenta, tanto que sentí sus grandes tetas apoyarse peligrosamente cerca de mi cara, y me mostró el Instagram de su amiga.

—Mira pues… es linda —insistió, ampliando la foto con dos dedos como si fuera una prueba irrefutable.

Miré la pantalla. Analu —su amiga— era blanca, casi pálida. Rubia, con corset o disfraces en las fotos, se notaba que se dedicaba a eso. Contra todo pronóstico…

—Es linda —admití, incómodo, sabiendo que acababa de perder la batalla.

—¡Ves! —celebró Lili—. Dale follow.

—No, no —me reí—. Preséntamela un día, pero no la voy a seguir así nomás. No es mi forma de conocer a alguien.

Lili no respondió.
Simplemente me arrancó el celular de la mano, entró a Instagram, apretó “seguir” y me lo devolvió.

—Listo.

La miré resignado.

 

A la semana siguiente, Lili trajo a Analu al departamento y armó una triple cita sin pedir permiso ni dar explicaciones. Lili con Jordan. Analú conmigo. Y Federico, para no quedarse como un violinista, invitó a un match de Bumble llamada Queca.

Entre risas, música y tragos, Jordan se levantó diciendo que iba a buscar su cargador en su habitación. Lili fue detrás de él con una naturalidad sospechosa.

—Esos no salen hasta mañana —dijo Federico, riéndose de manera sarcástica.

Con el paso de las horas, la conversación empezó a cambiar de tono. Las preguntas se volvieron más personales, los cuerpos más cercanos. Yo ya estaba sentado junto a Analu. Federico, junto a Queca. Era una de esas noches en las que el alcohol hace creer que todo, absolutamente todo es una buena idea.

De pronto, Queca me miró y preguntó sin pudor:

—¿Te parece linda Analu?

—Sí —respondí, directamente.

—¿Y por qué no la besas? —dijo Federico, disfrutando el chacoteo.

La miré un segundo, ella me miró y la besé. Sin pensarlo demasiado. Cuando nos separamos, giré la cabeza y vi que Federico y Queca también se estaban besando. Se dieron cuenta al mismo tiempo, se rieron y se separaron como dos adolescentes.

Más tarde, ya con menos filtros, Queca lanzó la pregunta que absolutamente nadie había pedido.

—¿Alguna vez pasó algo sexual entre ustedes dos?

Federico y yo respondimos al mismo tiempo, casi ofendidos:

—No. Nunca.

Federico agregó, riéndose:

—Pero si fuéramos una pareja gay… ¿quién creen que sería el pasivo?

Las chicas se miraron, se tomaron un segundo excesivamente largo y respondieron:

—Chinito —dijo Queca.

—Carajo… —susurré.

—Yo creo que se darían entre los dos —dijo Analú muy seria—. Harían espaditas.

Explotamos de risa.

Entonces Queca nos miró fijo. Ya no estaba riéndose. Tenía esa sonrisa peligrosa, y de repente nos reta:

—Quiero que se den un beso. No un pico. Un buen beso.

Sentí cómo se me iba el color de la cara. Literal. Como si la sangre hubiera decidido abandonar mi cuerpo por dignidad. Miré a Federico. Él me miró de vuelta. En ese segundo pasaron demasiadas cosas por mi cabeza:
esto es una broma,
nadie está hablando en serio,
no vamos a hacer esto,
¿y si lo hacemos por la anécdota?

—Aceptamos —dije rápido, demasiado rápido—, pero solo si ustedes también se dan un buen beso.

Lo solté como quien devuelve una granada a segundos de explotar. Federico me miró de reojo, con esa mirada que decía ¨bien jugado, chino, con esta nos salvamos¨.

Pero ellas no dudaron ni un segundo.

Sonrieron.

—Aceptamos —respondieron simultáneamente.

Sentí un vacío en el estómago.

Me levanté del sofá más por inercia que por valentía. El alcohol ayudaba, pero no tanto.

—Al carajo, Fede —dije, intentando sonar relajado—. Es solo un beso.

Por dentro pensaba: es solo un beso, es solo un beso, es solo un beso, como si repetirlo lo volviera más práctico.

—A la mierda —respondió él—. Al toque nomás.

Federico se levanta del sofá y noté la gran diferencia de altura que tenemos.

—Siéntate, mierda —le dije—. Besarte mirando hacia arriba ya es demasiado gay.

Las chicas se rieron. Federico también. Se sentó.

Ese segundo antes del beso fue eterno. Le miré la cara. Pensé: es mi amigo al carajo. Un refuerzo de amistad para la anécdota.

Le tomé el rostro y nos besamos. Intenté besarlo como besaría a una mujer, pero su barba lo hacía una misión imposible.

Al separarnos, nadie dijo nada por un segundo. Federico se rió primero. Yo lo seguí.

—Chino, besas como flaca. ¡Tienes labios de flaca! —dijo exaltado, sorprendido.

—¡Y tú raspas, conchatumare!

Volteamos a ver a las chicas. Estaban visiblemente excitadas, como si trataran de contener algo sobre las piernas.

Federico carraspeó, se frotó las manos, exagerando el gesto para romper el clima.

—Ahora les toca a ustedes —dijo, señalándolas,

No lo dudaron.
No hubo nervios.
No hubo risa previa.

Simplemente se miraron y se besaron. Sin pudor. Sin cálculo. excitadas. Real. Demasiado real para ser solo un juego. Me di cuenta de que, a diferencia de nosotros, ellas no estaban probando nada: estaban haciendo exactamente lo que querían.

Después de eso, todo se volvió más liviano.

La música subió. Las risas regresaron. Bailábamos en la sala sin coordinación, borrachos, chocándonos, riéndonos de cualquier cosa. Yo reía, Federico reía. Todo parecía haber vuelto a su lugar.

En algún momento, sin anuncio ni despedida, Federico tomó a Queca de la mano y la llevó hacia a su habitación. Yo llevé a Analu a la mía. Antes de entrar miré a Federico, le dio una nalgada sutil a Queca mientras volteaba a verme. Sostuvimos la mirada apenas un segundo.  Nos reímos.

Federico cerró su puerta.
Yo cerré la mía.

Naoki Uyehara

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión