Todos habitan dentro de mí, cada uno de los fantasmas de aquellos que amé.
No gritan, no piden nada, simplemente existen, como ecos suaves en habitaciones que ya no visito. A veces los siento pasar por mi pecho cuando algo me recuerda a ellos, una risa ajena, un perfume perdido en el aire, una palabra que ya no pronuncio en voz alta.
No me persiguen; me asechan. Son la prueba de que alguna vez fui vulnerable, de que entregué partes de mí que no supe recuperar. Y aun así, no me arrepiento. Porque en cada ausencia quedó una marca, y en cada herida, una forma distinta de amar.
¿Cómo se puede estar vacía llena de fantasmas? Todos ellos tienen una habitación dentro de mí, pero ninguna luz funciona. El frío constante consume los espacios donde rondan. Los cargo como se carga un duelo, interminable, sin esperanza de alivio, con la certeza de que no se van y, con el miedo de que, sin ellos, no sería quien soy.
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