Hay una geometría del quebranto que solo los iniciados reconocen: esa manera en que la luz no atraviesa el cuerpo, sino que se refracta en las aristas de lo que alguna vez fuimos.
En este Longchamps de tardes suspendidas, donde las casas parecen guardar el secreto de una quietud fósil y los árboles gotean una sombra densa como mercurio, aprendí la ciencia de la permanencia. El tiempo no pasa por este pueblo; se acumula. Se sedimenta sobre los techos de chapa como un polvo de estrellas viejas, una pátina dorada que convierte el aire en un líquido espeso en el que los recuerdos flotan, suspendidos, como medusas de luz en la penumbra de un acuario abandonado. Se respira el aroma rancio del alquitrán caliente, el hollín suave que deja el paso del tren y esa humedad amarga de los jardines cuando el sol empieza a desplomarse sobre la tierra baldía.
En el centro de este tiempo quieto, mi familia opera como una orquesta de venas y latidos. Son mi entramado mineral, una jaula de costillas cálidas donde me refugio cuando el universo estalla. Los amo con un amor vegetal y tenaz, una raíz implacable que perfora la tierra ciega para buscar agua en la oscuridad; un afecto zoológico, primario, que no exige razones porque está cosido directamente a la médula. Son el contrapeso de mi propio abismo, el centro de gravedad que impide que mi anatomía se disgregue en la nada.
Porque yo no soy un templo intacto: soy una catedral bombardeada de la que solo quedan los vitrales rotos.
Estar dañada es habitar una botánica de la herida. Por dentro llevo una selva de cristal, un ecosistema de filos donde crecen flores de hollín y fósforos apagados. Mis cicatrices no son costras; son suturas de plata, geodas abiertas en la carne que revelan que el dolor no rompe: metaboliza. Llevo la memoria de la tormenta calcificada en los huesos, un eco sordo que retumba con la frecuencia de los volcanes dormidos. Llevo en el pecho una vajilla fina de porcelana hecha añicos, un tintineo constante de piezas sueltas que raspan las paredes del estómago con cada bocanada de aire. Hay una belleza monstruosa, casi obscena, en saberse hecha de escombros y, aun así, sentir que la sangre todavía circula como un río de lava furiosa.
¿Qué es la melancolía sino el lujo inútil de los que se rinden? ¿Qué sentido tiene arrodillarse a venerar el propio cadáver cuando el cuerpo todavía arde?
Yo prefiero la blasfemia del gozo. Mi hambre de estar viva es un reptil insaciable que devora los segundos a dentelladas. Me bebo los instantes con la desesperación de un náufrago que descubre que el mar es de vino: la humedad helada de un vaso de vidrio que transpira contra la piel, el olor denso a ceniza y sudor condensado en el aire, el chasquido seco de un fósforo raspando la noche, la electricidad que recorre las vértebras cuando la música baja como un trueno pesado.
Por eso, cuando el cielo se tiñe del color violeta de un hematoma y la oscuridad exige silencio, yo cometo el acto de rebeldía más hermoso. Yo no voy a la fiesta: la convoco desde mis entrañas, la exhalo como un veneno luminoso. Soy un estallido de fósforo en mitad de la caverna, una deflagración de carne, ritmo y exceso que consume la penumbra hasta no dejar más que humo espeso. Bailar no es un juego; es una profanación, un exorcismo pagano. Mis pies golpean el suelo con la furia de un martillo sobre el yunque para pulverizar los cristales viejos, para triturar los recuerdos que duelen y convertir la herida en un espectáculo insoportable de chispas fugaces.
Que el destino mire mi cuerpo agrietado, que observe este mapa de cicatrices brillando en la penumbra y comprenda: no hay ruina capaz de apagar una hoguera que aprendió a arder con su propio veneno, ni sombra que soporte el escándalo de mi risa cuando decido que la noche me pertenece.
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