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Guardé los pañuelos en el bolsillo de mis bermudas y salí. No cualquiera tiene un paquete de pañuelos encima, de esos que dejan marca en la piel por intentar remar en la lluvia, afortunadamente yo tengo unos. El semáforo cambió a amarillo y sorprendentemente todos los autos se detuvieron, cada uno en su respectivo carril, para así permitirme cruzar hacia la farmacia. Me acerqué a la primera caja y le pedí por favor al farmacéutico, cuyo turno posiblemente estaba por terminar, un jarabe para tos. Imaginé que a causa de las altas horas de la noche iba a recibir una respuesta negativa, pero todo lo contrario, el hombre con curiosidad me preguntó si era para mí, a lo que le contesté que no, que lo estaba buscando para mi hermanita, que viene hace tres días siendo atacada por la tos. Sin dudarlo un instante me lo entregó en las manos junto a una bolsa biodegradable, sin costos aparentes. Me retiré de la farmacia y apenas avanzar no más de cinco baldosas lo saludé a Nemo (Aún no puedo creer que sus madres le hayan puesto ese nombre), mi fiel amigo,le elogié su buen vestir con esa chomba lacoste y luego le pregunté por cómo le había ido en la obra estos meses a lo cual instantáneamente contestó que bien, que por fortuna era de buen pago y todavía se podía dar el lujo de vacacionar en Villa La Angostura con su familia, sin embargo no pudimos detenernos mucho a platicar, pues el estaba terminando su jornada, ya que le habían solicitado a todo el equipo de urgencia que se lleven los arcos de seguridad del supermercado ya que con los bajos índices de delincuencia en el barrio últimamente, no les convenía tenerlos allí instalados. Regresé hacia casa por el pasaje de Oruro para acortar camino.

 

 De repente comenzó a sonar una alarma chillona a mi alrededor, no se me ocurrió otra cosa más que sacar mi Iphone 9 y llamar a la policía. Me atendió un oficial, muy cordial y envió un helicóptero directo a mi ubicación, sinceramente no sé si vinieron por vía aérea debido al peligro que yo corría o si había alguna otra razón. Saltaron de los patines de aterrizaje una mujer de tez oscura y de no menos de un metro con ochenta y cinco centímetros y un jóven de baja estatura y ojos bizcos. No tardaron ni cinco minutos en calmar mis aguas al señalar el detonante del estallido de las alarmas, era una niña al volante de un auto eléctrico estacionado en la vereda de enfrente, parece ser que la pequeña corrió algo de su lugar y el automóvil reaccionó. Sinceramente estas locuras ya me tienen cansado.


 No queda más que continuar el viaje a casa, desanudar la garganta y caminar, sin embargo es extenuante que la injusticia te haga tomar el mar con vasos tequileros y que el calor de los desiertos se calme con cuentagotas, que te pida que el pasto crezca entre orugas hambrientas y que atrapes mariposas con una caña de pescar. Me desgarran las rutas sin dirección, los aeropuertos fantasmales, los pasajes para acortar camino. ¿Qué me está pasando?


 Acabé con todo y me desmayé sobre la cama.


 Desperté en la clínica y solo pude pensar en mi hermanita, los médicos me informaron que apenas salí de mi casa y quise cruzar la avenida los autos no se detuvieron y que nuestra charla era un milagro. Llamé a casa y me atendió mi primo, que al parecer fue a cuidar a mi hermana en mi ausencia, le dije que ella necesitaba un jarabe para la tos y toda la historia, de inmediato me calló y me dijo que no diga estupideces, que necesitábamos algo más, que la tos se cura sola, que lo que ella necesitaba era un paquete de pañuelos, porque el nudo de su garganta la estaba consumiendo y que la imposibilidad de conseguirlos la tenía rota. Llanto y más llanto, todo son nudos, entonces quise soltar, metí la mano en mis bolsillos y mis pañuelos se habían deshecho por la humedad. ¿Quién pudiera volver? Volver a pisar el mundo de las imposibilidades, de las falsedades, de los nadie, de los hombres que regalan jarabes para tos.


Vito Biancardi Frias

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