Me encuentro derrotada en el suelo,
mirando de frente una verdad que duele:
aún no te he soltado.
Todavía quedaba una esperanza,
la necia esperanza
de que corrieras por mí,
de que salvaras lo que fuimos,
de que cumpliéramos
las promesas que juramos con los ojos cerrados.
Cierro los míos
y regresan los secretos,
las palabras dichas en voz baja,
las mañanas que aún respiran en mi memoria,
esa casa donde se quedó viviendo mi alma
aunque tú ya te hayas ido.
Yo me quedé en tus ojos,
en ciertos instantes suspendidos,
en el último lugar donde todavía éramos nosotros.
Y me atormenta saber
que tú olvidaste rápido
lo que a mí me sigue persiguiendo.
Sé, muy dentro,
que debo seguir adelante,
que ya eres pasado.
Pero el corazón es terco,
se aferra como quien cava en las ruinas
buscando una razón:
¿por qué me dejaste de amar tan fácilmente?
¿Cómo pudieron tus labios buscar otros labios,
tus ojos admirar otros ojos,
mientras yo ni siquiera he aprendido
a amar de nuevo?
Y es absurdo extrañarte.
Pero más absurdo es esto:
seguir reteniéndote hasta en mis sueños,
despertar y descubrir
que incluso dormida
todavía te estoy esperando.
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