mobile isologo
buscar...

expediente cerrado, cuerpo abierto

alissa

Jan 19, 2026

202
expediente cerrado, cuerpo abierto
Empieza a escribir gratis en quaderno

Esto no es solo una historia personal.
Es un patrón.

Esto no va de víctimas con nombre,
va de sistemas que funcionan
exactamente como fueron diseñados.

No hay crimen.
Hay procedimiento.

No hay error.
Hay margen de discrecionalidad.

No hay responsables.
Hay competencia territorial.

Porque así se mata en este país:
con lenguaje técnico
y tiempos administrativos.

El expediente nace incompleto,
como si ya supiera
que no será leído con intención.

La carpeta se integra
no para esclarecer,
sino para cerrar.

La verdad no se pierde:
se vuelve improcedente.

La violencia no empieza con un disparo.
Empieza con un trámite.
Con una firma.
Con una llamada que “no quedó registrada”.

Empieza cuando alguien estampa su nombre
sabiendo —o eligiendo no saber—
que con esa firma
alguien ya no va a llegar a casa.

Una esposa no va a volver a recibir a su amor.
Unas niñas ya no van a tener a su papá.
Una silla va a quedar vacía en la mesa.
Un espacio en la cama va a seguir frío.
La ropa va a quedarse inmóvil en el clóset.

Y la familia que dependía de él
se queda sin nada.

No por ambición.
No por “andar donde no debía”.

Sino por confiar.
Por creer que ser buena persona
era suficiente protección.

El cuerpo aparece cuando ya no sirve.
Cuando el reloj legal
ya hizo su trabajo.
Cuando la materia probatoria
es solo materia orgánica.

Los años no son solo ausencia.
Son estrategia.

El Estado no ignora:
calcula.

Y cuando por fin habla,
no explica.
Advierte.

“No preguntes más”.

Eso también es una resolución.

El narco no es un monstruo externo.
Es una red perfectamente integrada
a la burocracia,
al lenguaje legal,
a los silencios institucionales.

El narco no rompe el sistema.
Lo entiende.

Hay una idea cómoda
de que el crimen organizado
vive fuera de la ley.

Mentira.

Vive dentro.
Operando con ella.
Usándola.
Torciéndola con una precisión quirúrgica.

Sabe cuándo pagar.
Cuándo callar.
Cuándo aparecer como benefactor.
Cuándo desaparecer como sospechoso.

Sabe que la justicia
no se compra con dinero,
sino con oportunidad.

Con la persona correcta.
Con el silencio adecuado.
Con la llamada a tiempo
que luego nadie reconoce.

La ley no siempre protege.
A veces administra el daño.
A veces decide
qué dolor es tolerable
y cuál es incómodo.

La violencia no necesita esconderse
cuando aprende a citar artículos.

No todo se resuelve con balas.
Mucho se resuelve con omisiones.

Con carpetas mal armadas.
Con peritajes incompletos.
Con cuerpos sin causa de muerte.
Con expedientes que duermen
hasta que el tiempo los absuelve.

Hay muertes sin causa
porque la causa implicaría nombres.

Hay nombres que no se escriben
porque activan consecuencias.

Hay consecuencias
que nadie quiere asumir.

No es corrupción burda.
Es sofisticación.

Es saber exactamente
hasta dónde cumplir
para no incumplir del todo.

La impunidad no es caos.
Es orden.

Es un acuerdo no escrito
entre quienes prefieren la estabilidad
antes que la verdad.

La ley no falla.
Funciona para quien la domina.

Nos enseñaron a pensar
que preguntar es peligroso.
Que insistir es imprudente.
Que buscar justicia
es meterse donde no toca.

Y así,
el miedo se vuelve
política pública.

No es que no haya responsables.
Es que están protegidos
por procesos “legales”.

No es que falten pruebas.
Es que sobran excusas.

Y lo más oscuro
no es la muerte.

Es lo que sigue después.

El trámite.
La firma.
La recomendación de enterrar.
La negativa a cremar.
La oferta de pagar.
La deuda que desaparece
sin rastro contable.

Aquí es donde se entiende
que la violencia más efectiva
no grita.
No corre.
No dispara.

Firma.
Archiva.
Y recomienda no volver.

La justicia no llega tarde.
Llega cuando ya no estorba.

Y mientras tanto,
se nos pide prudencia.
Silencio.
Madurez.

Como si preguntar
fuera más peligroso
que matar.

Como si entender
fuera una amenaza mayor
que repetir la versión oficial.

Esto no es un llamado a la venganza.
Es un rechazo al cuento
de que la justicia llega sola
si uno se porta bien.

La justicia no llega.
Se exige.
Se empuja.
Se arranca
del sistema
que prefiere no usarla.

Hablar de esto incomoda
porque rompe la narrativa
del “caso aislado”.

Porque obliga a aceptar
que el problema no es la excepción,
sino la norma.

Que el verdadero poder
no siempre se ve armado,
sino bien vestido,
bien conectado,
bien cubierto.

Con esto no busco permiso.
No busco empatía.
No busco consuelo.

Porque el consuelo
también adormece.

Busco grietas.

Que dejemos de romantizar
el silencio
y empecemos a llamarlo
por lo que es:

Complicidad.

Si esto molesta,
funciona.

Si esto da miedo,
toca algo real.

Porque mientras no se diga,
todo seguirá pasando
exactamente igual.

Y el sistema
seguirá llamándolo
normalidad.

-Alba

alissa

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión