Del otro lado de la puerta solo se ve negros reflejos y alguna silueta confusa, y sin embargo, desde el salón se divisaba su silueta eternecida. No se iba, tampoco llegaba, tampoco recorría carteles poco interesantes con la mirada; tan sólo habitaba la demora. Y comenzó a sospechar que aquello la excitaba. Que sentía el delimitar de algún contorno, y a la vez se asustaba al no poder verlo. Aquello fue suficiente sustento para la teoría.
De la contracción del tiempo, como el agolpe de los instantes y no solo por densos. Sino a juego de lujuria y un gusto de preservar cada micro instante de sus apariciones.
Entonces no llega, pero está, entonces no se va pero sigue. Y ahí está el juego. La magia conlleva la plenitud del acto y el creerlo irrepetible, bien sabe que cuando empezaron a poblarse de magos las esquinas, y los diarios, y las fotos, ya perdió bastante gracia aquello de los trucos.
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