Son las 6 de la mañana. Me encuentro en el abismo, aún sin dormir, sin siquiera una pizca de somnolencia. Puedo sentir un dolor, un dolor no físico: un sentimiento atorado en mi pecho desde abril, un sentimiento que no se ha ido y que me atormenta, que no me deja, que se aferra.
Lo he sentido siempre. Detrás de mí, él me persigue y me toma cada que quiere, y me consume cada que puede. Pero no me quiere. Él nunca esperará por mí como yo por él. Jamás entenderá este sentimiento. No me siento como la presa; me siento como esa cama vieja que espera.
Estoy esperando una vida a su lado. Una donde sí haya vuelto y yo lo haya disculpado. Una donde sí nos hayamos escuchado y, por supuesto, perdonado.
Dios, me maldigo por ser lo que soy, porque sigo siendo la misma yo: la que observa, la que espera y se mezcla. Ya pasaron de las 7 y sigo viendo a ese hombre en mi cuarto, ese lienzo que ya he terminado y esos ojos que no me han perdonado.
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