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Estés donde estés: gracias.

Jul 22, 2026

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Estés donde estés: gracias.
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Hoy temprano, camino a la parada del colectivo, pasé por una cuadra en donde siempre veía a un gato hermoso. Y más allá de su belleza, se podría decir que tenía una especie de aura especial que se hacía presente en la manera que habitaba el mundo. La primera vez que lo vi, de madrugada, estaba sentado en la vereda relamiéndose una de sus patas delanteras. Lo vi de lejos, y procuré pasar despacio y a una distancia prudente para que no se asustara. Entendí que mis esfuerzos eran en vano, porque el gato ni si quiera se inmutó. No era que no alertara que yo estaba ahí; lo sabía y no le importaba. No tenía miedo. Le daba igual. Yo como soy gatero, entendí la situación y aproveché a acercarme igualmente despacio para poder acariciarlo. Sin dejar de relamerse, aceptó las caricias casi como si no existieran. Como si dejara su majestuosidad libre para el mundo. Recuerdo su pelo largo, suave, y sus manchas atigradas que recubrían la espalda y parte de la cola.  

Pasé varios días, en los que a veces lo encontraba y a veces no. Yo siempre a la expectativa. Uno de esos días, mientras me detenía a acariciarlo, se bajó un hombre de un auto justo en ese lugar, y me dijo «es una masa ese gato». Le pregunté si era de él, y me dijo que no era de nadie. Que varios vecinos habían querido quedárselo en sus casas, pero que siempre se escapaba y quería estar en la calle. Era de todos y no era de nadie. Era libre. Siempre estaba impoluto, con el pelo increíble, y su aura despreocupada. Siempre relamiéndose alguna de sus patas. Muchas veces me sacó de mis cavilaciones obsesivas y con su pelaje me devolvió con suavidad al mundo. Realmente fue alguien que mejoraba mis días.  

Digamos, para simplicidad narrativa, que el colectivo que suelo tomar, cambió su recorrido por unos meses, en los que tomé otra ruta y no lo volví a frecuentar.  Luego, el colectivo volvió a su recorrido normal, y volví a pensar en él cada vez que pasaba por ahí y no lo veía. En su lugar, siempre veía a un gato naranjoso, grandote. A diferencia del primero, este no se dejaba acariciar, sino que siempre que veía acercarse a alguien, se iba detrás de una reja. Un día le dije "decile al gato peludo que lo estoy buscando". Dicen que esto realmente funciona, nadie sabe por qué.  

Hoy, pasando por el mismo lugar, me encuentro justo con el hombre que me dijo que el gato era una masa. Le digo «está desaparecido mi amigo». Y me dijo que se enteró que lo agarró un coche a la vuelta de la esquina. Me agarré la boca y le dije «no me diiiiigas». «Sí» me dice, «Vivió en su ley, murió en su ley. Fue libre.»  

Michito al que nunca nombré: estés donde estés, me alegraste muchas mañanas. Quiero pensar que el naranjoso de alguna manera te hizo llegar el mensaje, y por eso fue que me encontré con quien me dijo lo que te pasó. No puedo más que dejarte algunas palabras para recordarte. Te veré en los ojos de todos los demás gatos.  

Elias Vega

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