Soul (2020)
La primera vez que vi esta película —mucho después de su lanzamiento, cuando el mundo se debatía entre amarla u odiarla por su aparente “poca empatía con el entendimiento infantil”— logré comprender algunos aspectos que solían ser la comidilla de quienes apartaban horas del día para dedicarse a impartir comentarios pasivo-agresivos, mas no del todo. En ese instante aún me costaba contar mis diez dedos de la mano y no perderme en pensamientos de ámbito social que toda postadolescente guardaba encerrados entre las cuatro paredes de su habitación.
Es importante resaltar que, en los años que le siguieron, durante los cuales una película categorizada principalmente como infantil —y que lo menos que hizo fue calar en niños, pero sí en padres que detestan que estos sean educados sobre la realidad que cuesta la vida—, no sentí el deseo de volver a verla. Por eso me resulta tan importante este momento de mi vida, en el que finalmente conseguí verla otra vez y explicarle a una audiencia fuera de mi mente (es decir claro, a mis amigos) el significado de una de sus frases más populares, sin sentirme perdida ni confundida por su mensaje.
Este logro, por supuesto, no pudo alcanzarse hasta que mi propia visión de la vida comenzó a dirigirse hacia un punto muy parecido al que implica la esencia de dicha cita. No afirmo que mi vida se vea reflejada en esta ni en ninguna otra película, porque eso me tacharía de idolatría absurda. No obstante, defiendo que, como fracasados, debemos aprovechar las herramientas de las que disponemos y hasta ocultar nuestras inseguridades al compararnos con una película animada que hace ver nuestra vida cómica e inocente.
Pero entonces, ¿por qué nos costó tanto entender la dichosa cita de Dorothea Williams?
”Escuché una historia sobre un pez. Nada hacia un pez más viejo y le dice: "Estoy buscando eso que llaman océano". "¿El océano?", pregunta el pez más viejo. "En eso estás ahora mismo". "¿Esto?", pregunta el pez joven. "Esto es agua. Lo que quiero es el océano."
La respuesta más sencilla es que todos hemos sido el pez joven en algún punto de nuestras vidas. Algunos lo hemos sido durante largos tramos de nuestra existencia. Y la razón por la cual se nos complica explicar esta vivencia es porque nosotros mismos no sabemos con certeza qué queremos en la vida. Fallamos al decidir cómo lucen nuestros sueños a futuro, cómo queremos que nos perciban los demás y hacia dónde deseamos llegar. Desconocemos los patrones que tanto nos han aislado de nosotros mismos y, por ende, no logramos comprender cuando alguien nos dice que estamos desperdiciando la vida, tal como el pez joven.
El océano es la vida que tenemos hoy. El buscarlo es no saber disfrutar de esa vida que nos rodea. Pero, a ver… ¿disfrutar de la vida no es lo que ya hago al salir de fiesta, estudiar lo que me gusta y comprar mi café favorito cada vez que paso por ese lugar con tacitas tan bonitas que me enternecen? No lo sé. ¿Lo es? Existen solo dos respuestas: sí y no. Aun así, la única persona que puede responder somos nosotros mismos cuando reflexionamos sobre nuestra propia vida.
Estamos tan enfocados en un sueño, en un pronto, esperando el día en que finalmente seamos libres y felices. Guardamos cantidades obsesivas de botellas, cajas y bolsas porque creemos que mañana serán útiles. Somos coleccionistas compulsivos de objetos, recuerdos, pasados e historias porque pensamos que, cuando llegue nuestro futuro ideal, podremos usar todo eso para crecer y ser imparables.
Creemos con tanto fervor que cuando ese día llegue —cuando nuestro sueño se vuelva realidad y todo comience a tener sentido— el mundo será lógico y la vida será como Dios prometió, como los influencers dicen que es y como los oradores aseguran que será si salimos adelante ante cualquier adversidad. Pero nada de eso es verdad.
Lo cierto es que cuando ese día llegue —si es que la suerte nos sonríe— no encontraremos una felicidad que nos reciba con los brazos abiertos. Habríamos vivido en constante ingratitud, y si logramos alcanzar nuestro sueño más anhelado, quizá terminemos pudriéndonos en la miseria, sin saber cómo llegamos hasta allí.
Ese océano que buscamos desesperadamente siempre estuvo ahí. Nadamos en aguas llenas de posibilidades, aventuras y experiencias que nunca supimos aprovechar. Y me pregunto si valdría la pena quejarnos en ese futuro, cuando tantas veces se nos ha dicho que soltemos el pasado, que aprovechemos el ahora, que disfrutemos a las personas y los lugares.
Nosotros mismos decidimos encerrarnos en una burbuja de cloro donde soñamos despiertos y nos perdemos de las supuestas maravillas que nos rodean. Y digo “supuestas” porque ¿cómo podríamos saberlo si nunca las conocemos de verdad? Ni ustedes ni yo lo sabemos, aunque otros nos hayan invitado a descubrirlas.
Buscar ciegamente un mañana porque el hoy no luce como quisiéramos solo provoca que caigamos en un fallo temporal que nos regala una dicha momentánea al imaginar lo maravilloso que será ese momento. Pero no lo será si en este hoy no valoramos lo que compone este instante. No habrá grandeza a menos que empecemos ahora a coleccionar algo que no nos ate al ayer: aventuras, descubrimientos, aceptaciones.
El presente que tenemos es el que nos tocó, ya sea porque una fuerza sobrenatural así lo decidió o porque nuestras acciones pasadas tienen consecuencias. Sea cual sea el motivo, hay que aprovecharlo tanto como sea posible.
Y, bueno, quien habla es una mujer que ha vivido —y seguirá viviendo por un tiempo— estancada en ese conformismo de no esforzarse por construir el futuro que quiere. Pero ya decidí que, cuando ese día llegue y no me emocione como soñé, la culpa será únicamente mía. Y eso me disgusta.
Por eso, al escribir esto, dejo claro que es un llamado de atención para mí misma.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión