Esta vez no vine a salvarme,
vine a quedarme mirando el incendio
con las manos quietas,
como quien ya entendió
que huir también deja ceniza.
Hoy me costó más
vivir que pronunciar tu nombre en silencio.
Más que imaginarte sentada en el borde del día,
con esa forma tuya de existir
como si nada fuera urgente
y todo doliera al mismo tiempo.
Te pensé sin permiso,
como se piensa lo inevitable:
de reojo,
en una vejez que todavía no me alcanza
pero ya me observa desde lejos
con sus ojos cansados.
Sentí otra vez
el frío exacto del cañón
con el que me apuntaste sin saberlo,
esa frase,
ese gesto,
esa manera tuya de irte
dejando la puerta abierta
para que el eco hiciera el resto.
Y me pregunté, sin dramatismo,
con una lucidez casi adulta:
¿quién dispara ahora?,
¿quién aprieta el gatillo esta vez
si ya no estás?
Hoy volvieron a hablar de ti
como se habla de las tormentas pasadas:
con nostalgia,
con una falsa calma,
con esa certeza absurda
de que ya no volverán.
Se me quebró el aire.
No el corazón —eso ya aprendió—,
sino el aire,
esa cosa invisible que sostiene los días
y que se rompe cuando alguien
pronuncia tu nombre sin cuidado.
Te vi anclada
en el fondo de mi café,
girando lentamente,
como si fueras parte del ritual,
como si nunca te hubieras ido del todo
porque algunas ausencias
se instalan y pagan renta.
Volví a acordarme
de aquella vez
en que me salvaste sin saberlo.
No hiciste nada extraordinario:
te quedaste.
Y a veces eso basta
para que alguien no se hunda.
Hoy, que no estás,
me lo pregunto sin rencor,
con una serenidad que asusta:
¿quién me salva ahora?,
¿quién recoge los pedazos esta vez
cuando la noche se descose?
He vuelto a verte,
no aquí,
no conmigo,
sino en los paisajes que no me pertenecen.
En una calle ajena,
en una risa que no era tuya
pero se le parecía peligrosamente.
Siempre te recuerdo
cuando arranco alguna flor
sin saber por qué.
Tal vez porque contigo aprendí
que incluso lo bello
duele al desprenderse.
Se encendió otra vez
el vendaval que me apagaste.
Ese que llegó después de ti,
cuando te fuiste
y el mundo decidió
no explicarme nada.
No te culpo.
Ya no.
Uno deja de culpar
cuando entiende
que el amor también se equivoca
y que nadie dispara
pensando en el daño.
Pero dime,
con esa voz que aún me sabe,
¿quién apaga esto ahora?,
¿quién le baja el volumen al recuerdo?,
¿quién sostiene el pulso
cuando la nostalgia apunta?
Esta vez
no espero rescates.
Esta vez
no escribo para volver.
Escribo para quedarme de pie,
aunque tiemble,
aunque duela,
aunque todavía te piense.
Porque esta vez,
si alguien dispara,
seré yo
rompiendo el silencio.
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