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Esta vez

Jan 21, 2026

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Esta vez
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Esta vez no vine a salvarme,

vine a quedarme mirando el incendio

con las manos quietas,

como quien ya entendió

que huir también deja ceniza.

Hoy me costó más

vivir que pronunciar tu nombre en silencio.

Más que imaginarte sentada en el borde del día,

con esa forma tuya de existir

como si nada fuera urgente

y todo doliera al mismo tiempo.

Te pensé sin permiso,

como se piensa lo inevitable:

de reojo,

en una vejez que todavía no me alcanza

pero ya me observa desde lejos

con sus ojos cansados.

Sentí otra vez

el frío exacto del cañón

con el que me apuntaste sin saberlo,

esa frase,

ese gesto,

esa manera tuya de irte

dejando la puerta abierta

para que el eco hiciera el resto.

Y me pregunté, sin dramatismo,

con una lucidez casi adulta:

¿quién dispara ahora?,

¿quién aprieta el gatillo esta vez

si ya no estás?

Hoy volvieron a hablar de ti

como se habla de las tormentas pasadas:

con nostalgia,

con una falsa calma,

con esa certeza absurda

de que ya no volverán.

Se me quebró el aire.

No el corazón —eso ya aprendió—,

sino el aire,

esa cosa invisible que sostiene los días

y que se rompe cuando alguien

pronuncia tu nombre sin cuidado.

Te vi anclada

en el fondo de mi café,

girando lentamente,

como si fueras parte del ritual,

como si nunca te hubieras ido del todo

porque algunas ausencias

se instalan y pagan renta.

Volví a acordarme

de aquella vez

en que me salvaste sin saberlo.

No hiciste nada extraordinario:

te quedaste.

Y a veces eso basta

para que alguien no se hunda.

Hoy, que no estás,

me lo pregunto sin rencor,

con una serenidad que asusta:

¿quién me salva ahora?,

¿quién recoge los pedazos esta vez

cuando la noche se descose?

He vuelto a verte,

no aquí,

no conmigo,

sino en los paisajes que no me pertenecen.

En una calle ajena,

en una risa que no era tuya

pero se le parecía peligrosamente.

Siempre te recuerdo

cuando arranco alguna flor

sin saber por qué.

Tal vez porque contigo aprendí

que incluso lo bello

duele al desprenderse.

Se encendió otra vez

el vendaval que me apagaste.

Ese que llegó después de ti,

cuando te fuiste

y el mundo decidió

no explicarme nada.

No te culpo.

Ya no.

Uno deja de culpar

cuando entiende

que el amor también se equivoca

y que nadie dispara

pensando en el daño.

Pero dime,

con esa voz que aún me sabe,

¿quién apaga esto ahora?,

¿quién le baja el volumen al recuerdo?,

¿quién sostiene el pulso

cuando la nostalgia apunta?

Esta vez

no espero rescates.

Esta vez

no escribo para volver.

Escribo para quedarme de pie,

aunque tiemble,

aunque duela,

aunque todavía te piense.

Porque esta vez,

si alguien dispara,

seré yo

rompiendo el silencio.

Luis Cortina

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