El tiempo se detuvo de repente: los autos callaron su motor, las voces de los transeúntes se hicieron eco en la muchedumbre y el espacio de la ciudad se nubló. Sin embargo, ahí estabas vos, detenida sobre esa esquina, una noche de diciembre cantando un rocanrol.
No te lo conté pero no puedo parar de pensar en vos: estás en mis sueños, en las marcas que dejaste en mi piel y en las cautivantes estrellas del cielo meridional, quienes observaron al tiempo detenerse en mis cristalinos ojos.
La verdad es que no podría pensar en otra cosa más que en el beso que esperé por meses, sentado en la esquina de un bar sin entender cómo esta sensación de amor adolescente me empujaría a creer que algo de todo esto tiene sentido. De eso, y de todas las veces que me arrepentí por no haberlo visto antes, por estar ciego para ver que tu amor era más puro que cualquier otra cosa: tan cristalino como el agua de montaña, tan verdadero como amistosa confianza, tan duradero como árbol de perenne peso.
Utopía inimaginable, tensión palpable que rompió el aire seco; sensación de éxtasis constante. Y, es cierto, la verdad es que no puedo pensar en otra cosa más que en tu sonrisa hermosa que me sonroja y me desploma; en tus ojos azules esmeralda que, en el afán de mirarme, observan mi alma desnuda ante tu presencia que me deja con esta sensación de amor adolescente sin entender cómo algo de todo esto tiene sentido.
Como ir al cine de madrugada, como tomar café en un bar de estructuras añejadas, como encontranos entre la multitud de un pogo de rocanrol; como verte bailando en la playa una madrugada de verano y que el destello anaranjado del amanecer se refleje en tu divina figura y pensar: “ahí es donde quiero estar”.
El mundo se incendia: el mío y el de todos nosotros. Pero me viste a los ojos, largaste una sonrisa juguetona y me abrazaste… no quiero más nada: te pienso y exploto de sensaciones. Risas, lágrimas, fuego ardiente; impulso, seguridad, tacto. Si, puedo sentir tus manos con las mías en las distancias más inconcebibles. Porque no te lo conté pero no puedo parar de pensar en vos.
Y aunque quiera controlar lo que siento no puedo porque siento mucho amor por vos: un amor que corre como el rápido de un río, como el agua que se desparrama por la tierra, como esa extraña sensación de amor adolescente. Esa que te sustrae del mundo. Esa que te recuerda que estás más vivo que nunca. Esa por la que elegís ver el mar, una y otra vez.
“¿Te gusta más el amanecer o el atardecer?”, me preguntaste y me dije: “tal vez me gustan ambos pero aún más cuando te veo, te escucho y siento que mi mundo es más seguro, menos finito; cuando siento que tal vez pueda quedarme a tu lado por siempre”. Sin embargo, te dije: “me gusta más el atardecer porque me gusta la poesía de la noche”. Cuando en realidad me moría de ganas de decirte que me gustás más de lo que podría concebir.
Es cierto, el tiempo se detuvo: mí tiempo, porque ahora siento esta extraña sensación de amor adolescente que tomó mi cuerpo y revolucionó mi alma. Ahora voy sonriendo al caminar porque recuerdo todas las veces que no dijimos nada pero que en el aire se respiraba eso que ambos sabíamos.
Pensé que era imposible -y aún lo pienso- pero te siento e inmediatamente recibo tu mensaje. Ese que espero todo el día, todos los días. Me decís “hola” y mi mundo convulsiona porque puedo verte, puedo verte fuerte y claro. Como quien ve la luz que existe en cada faro, como quien descubre el mundo con lupas en sus manos.
Lo cierto es que no sé cuánto tiempo sea el que podamos parar este reloj de arena. Porque estoy muriendo y queda poco de mí que valga la pena. Tal vez sentir esto sea lo último que haga y siempre estaré agradecido. Por eso, aquí, entre las cenizas de este mundo en decadencia, prefiero detenerme a sentir esta extraña sensación de amor adolescente.
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Elías Brizuela
Escritor, periodista y fotógrafo. 28. Me dedico a la comunicación pero escribo por la necesidad de mi alma por contar las otras historias, los otros sentimientos.
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