– ¿Estás esperando el micro?
Me preguntó esa señora que apareció de golpe, de baja estatura, sonrisa amigable.
– Sisi.
– ¿El 202?
– Si, según la aplicación en 12 minutos llega.
Le contesté. Yo que cuento los minutos para todo.
– Y ¿tenés para cargar la sube?
– No, mi celu no carga.
– Ay... creo que no me alcanza.
Y la señora agacha su cabeza amargada.
– No se preocupe, yo le pago.
Le dije sonriendo con mi sube al borde del saldo negativo.
– Voy hasta plaza España, de ahí yo ya sé dónde cargar.
– No pasa nada, no se preocupe.
– Encima mi jubilación...
La señora me miró y se precipitó a contarme su lastimosa vida. No mediaba silencio. Atropellada en palabras. Sin orden cronológico. Con notable angustia. Sus manos daban veracidad al relato. Su ceño se fruncía al amargarse.
Yo afirmaba, me asombrada, intentaba conectar los datos que me disparaba sin tiempo a reaccionar.
– No me aportó esos años...yo descuidé a mis hijos.
Su resultado inmerecido y yo asintiendo cuando iba comprendiendo el panorama general. La tarde de primavera obligándonos a esquivar el sol.
Y su historia triste. Apoyaba su discurso mostrándome papeles escritos a mano. Le dejaban eso escrito...
– Mira lo que dice.
Un papel y otro. Me mostraba.
– Antes era distinto. Me regalaron una radio. Como me gustaba escuchar radio y planchar...
Sonreía mientras me contaba, miraba allá lejos, como si se viera, como si añorara, como si hubiese sido feliz en esas épocas.
– Estar con los chicos. Ahora me la sacaron...
Y la tristeza invadiendo su postura de nuevo.
– No se amargue la gente con más plata al final es la más...
Y me abstuve de completar la frase.
Y su afirmación no llegó en forma de un "sí", llegó con un sinfín de pormenores, de injusticias.
La angustia en mí se acumulaba. El nudo en la garganta ganaba terreno. Podría haber llorado si a esa señora se le escapaba una lágrima, su voz quebrada a medida que avanzaba en detalles me estaba doliendo. El pasado, el presente, sus jefes. Podría haber llorado.
Y tanto me contó en esos 10 minutos, que después de esa catarsis inesperada, miramos el piso. Dos desconocidas suspirando de injusticia, de inequidad.
No sabía qué decir.
– No se amargue, o sí, amárguese. Está en su derecho. Pero sabe... la vida pone a cada quien donde debe estar.
Dije con una seguridad ajena y firme.
La señora me miró como sorprendida, acababa de descubrir algo.
– Sabés que eso siempre me lo decía mi mamá, me lo dijo toda la vida.
Y yo sonreí.
– Es así.
Le reafirmé.
Nos entendimos como se entienden los que alguna vez nos supimos derrotados, y aún así seguimos adelante. Como si la vida se tratase de esperar a que las cosas mejoren. Esperando que nos ponga ahí donde debemos estar. Como si los villanos de algunas vidas quedaran diminutos ante aquella frase, intimidados, expuestos, ojalá avergonzados o temerosos. Aunque sabemos que no.
El micro llegaba. Ya se veía.
– Hasta plaza España, de ahí yo sé dónde cargar...
Me explicaba otra vez. Me dio ternura.
Mientras hacía equilibrio para pagar los boletos me reí de mi poca habilidad en el asunto, a pesar de los años surfeando en ese micro.
– ¿ Vas a estudiar?
Me preguntó la señora riéndose.
– No, eso me toca mañana.
Le contesté sonriendo, mientras nuestras vidas se separaban de nuevo. Ella se sentó en los primeros lugares y yo en el último.
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