30/Junio/2025
Cuando duermo, algo me ve.
No hay descanso aquí abajo.
Solo esa claridad sucia que entra por la boca del hoyo,
un ojo pálido en el techo de mi cárcel.
Me encojo.
Me envuelvo con mis brazos como si mi propia carne
pudiera ser manta, pared, escudo.
Pero la mirada atraviesa.
No viene de arriba.
Viene de la sombra que respira conmigo.
Sus ojos no brillan.
Están muertos.
Dos charcos secos en un rostro que no me atrevo a ver.
No parpadean.
No necesitan.
Me miran mientras dudo si lo que siento es real
o solo otro gusano disfrazado de emoción.
Me miran mientras odio la oscuridad
sabiendo que sin ella no soy nadie.
Y espera.
Cómo espera.
Quiere que mate otra vez a esas manos.
Quiere verme ensangrentar los dedos
arrancando dedos,
rompiendo lo que me sostiene
solo para volverlo a formar con saliva y polvo.
Se divierte.
No ríe.
Pero su diversión se pega a mi piel como grasa vieja.
Me derrumbo.
Despacio.
Como una fruta que se pudre desde el centro.
Y él mira.
Toma notas sin lápiz.
Disfruta.
Temo que un día se canse.
No de mí.
De mi sentir.
Que mis gusanos le sepan a poco.
Que mis noches en vela le parezcan repetitivas.
No sé qué hará entonces.
Tal vez se vaya.
Tal vez me deje sola con el silencio real,
ese que no mira,
ese que no juzga,
ese que no pesa.
Y lo más asqueroso,
lo más hermoso y podrido de todo,
es que lo extrañaría.
Extrañaría este ojo muerto en la noche.
Esta compañía horrible.
Este saber que alguien me ve pudrirme
y se queda.
Porque si se va
solo quedo yo
y yo sola
no soy más que un bulto
que respira
sin motivo.
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