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¨España tenía tu nombre¨ – Columna 13

Jan 8, 2026

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¨España tenía tu nombre¨ – Columna 13
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—¿Qué significa España para ti? —me preguntó alguna vez Federico.

Pude haber respondido muchas cosas: el país que conquistó Latinoamérica, el flamenco, sus equipos de fútbol, los youtubers famosos, los Reyes Católicos, o incluso ese lugar al que tantos latinos quisiéramos huir para escapar del pobre tercermundismo que nos asfixia.

Pero la verdad es que para mí España siempre tuvo un solo nombre: Lana…
Lana Rosso.

Mi primera gran ilusión. La primera mujer que me hizo creer que era capaz de dejarlo todo por amor —si el dinero no me limitara, claro. La primera mujer que me conquistó como buena española, con ese descaro ibérico. La primera que me hizo dudar si aquello que sentía era amor de verdad o un simple espejismo adolescente. La primera por la que, a mis dieciocho años, me entercaba con que lo imposible no era un obstáculo, sino un incentivo. La primera mujer por la que intenté ahorrar, con mis pobres sueldos de 200 dólares al mes, para comprar un pasaje a España y verla aunque fuera por un día.

Nos conocimos gracias al loco algoritmo de Instagram. Hablábamos todos los días, a pesar de que cuando en mi país apenas amanecía, en el suyo ya caía la noche. Yo madrugaba solo para decirle “buenos días”, y me despertaba temprano solo para desearle un “buenas noches”. No lo quería aceptar, pero estaba enganchado. Y juraba que ella también.

Cuando salía con mi mejor amigo, Federico, le contaba de Lana. Él se reía, incrédulo:

—Chino, estás loco. ¿Y si no es ella? ¿Y si es un señor gordo cuarentón con una cuenta falsa?

—No seas estúpido, Fede. Sé que es ella. —le respondía, serio.

—Pero, huevón, ¿tantas mujeres en Lima y te enamoras de alguien de otro continente?

—No lo sé, ni yo me entiendo. Pero si la vieras… es un ángel.

—Basta, basta, que me empalagas. Vamos por unas chelas.

Me dolía que pensara que lo mío era absurdo. Cuando sentía que era emocionante.

Pasaron los meses y Lana empezó a distanciarse. Yo no entendía. La presioné hasta que lo dijo, casi en un suspiro:


—Kai, lo pensé y… lo mejor es que nos distanciemos. Esto no va a funcionar.

Colgó la llamada.

Acepté la derrota, al menos en apariencia. El tiempo me obligó a creer que lo nuestro nunca iba a ser. Con los años volvimos a hablarnos, pero solo para saludarnos por cumpleaños, enviarnos algún video para vernos los rostros. Yo le preguntaba por su familia, especialmente por su primita Rosario, que en aquellos días de ilusión fue mi mejor cómplice.

El tiempo me enseñó a conformarme con verla feliz desde lejos. Aunque doliera. Aunque estuviera con otro.

Eran casi las dos de la madrugada cuando sonó el teléfono. Contesté la llamada medio dormido.

—¿Aló? ¿Lana?

—Kai…

—¿Estás bien? ¿Y ese milagro?

—Kai, no me odies… ay, ¡cómo te explico esto, acho! —se reía exaltada, nerviosa, como si las palabras no le alcanzaran.

—Tranquila, respira. Tómate todo el tiempo que quieras. Igual solo me vas a robar una hora de sueño, y mañana me tengo que levantar a las siete de la mañana —le dije riéndome de manera sarcástica.

—¡Acho, tío! Perdóname, pero ya lo suelto… Estoy en Perú, Kai.

“¡Federico, contéstame el celular, carajo!”, repetía como un demente mientras lo llamaba por décima vez esa madrugada. Al fin contestó, medio dormido, con la voz pastosa:

—¡Chino de mierda! Son las tres de la mañana. ¿Qué pasó?

—Cállate y baja, estoy debajo de tu edificio. Es urgente.

—Ándate a la mierda, mañana me cuentas. —Colgó la llamada.

Volví a llamarlo. Contestó otra vez, esta vez más histérico:

—¡Qué quieres!

—Fede… Lana está en Perú.

Hubo un silencio. Después, un ligero cambio de tono:

—Ya bajo, no te vayas.

Apareció en la puerta con una bata azul y en pijama de Los Simpsons. Se encontraba con una sonrisa de oreja a oreja, necesitaba urgentemente saber el chisme.

—Explícame.

—Está en Cusco. Se va el lunes.

—¿Y cuál es el plan?

—Vamos a Cusco.

—¿Vamos? Estás loco. Yo no tengo ni plata.

—Vino con su mejor amiga. Española también.

Federico me miró, sonrió de lado y dijo:

—Ahora que recuerdo, tengo unos ahorritos. ¡Nos vamos a Cusco, chino!


La noche siguiente llegamos. Nos hospedamos en un hostal barato cerca de la plaza. Estaba muy nervioso, iba a ver por primera vez a la mujer por la que me desvelaba día y noche a mis dieciocho años. Las manos me sudaban de la emoción y el corazón me latía como si me fuera a dar un infarto. No le había dicho nada a Lana: quería sorprenderla. Subió una historia en Instagram, estaba en la Catedral. Corrimos hacia allá.

Y ahí estaba. Sentada en los escalones, con su amiga. Me acerqué por detrás, me senté a su lado y le dije en voz baja:

—Eres tal cual como te imaginé todos estos años, Lana.
Se paralizó, giró, me miró.

—¿Kai…?

Me abrazó llorando.

Horas después, en el bar “Km.0”, mientras Federico bailaba con Angelina —la mejor amiga de Lana—, yo bebía vino con ella. Le pregunté qué hacía en Perú. Me contó lo del voluntariado de su universidad. Yo asentí, aunque por dentro me moría de ganas de que dijera: “Vine por ti.”

A medianoche salimos a caminar. Dejamos a Federico y Angelina besándose en la pista de baile. Cusco estaba encendido para nosotros. Caminamos por las calles empedradas, nos reímos, hablamos como si nunca nos hubiéramos distanciado.

Al amanecer, sentados frente al Qorikancha, ella apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Te acuerdas cuando te pedí que fuéramos solo amigos? —me dijo.

—Sí.

—Fueron meses horribles. Yo no quería que te alejaras. Pensé que insistirías, como siempre.

Quedé helado. Quise reprocharle, decirle que si me hubiera pedido esperar, lo habría hecho hasta esa misma noche. Pero me contuve.

—Me dolió aceptarlo, Lana. Pero respeté tu decisión.

Ella levantó la cara, me miró a los ojos.

—Kai…

No la dejé terminar. La besé. Un beso largo, ardiente, guardado durante años.

Cuando nos separamos, ella me dijo:

—Kai… espera. Necesito decirte algo importante.

No escuchaba sus palabras. Solo veía la lágrima recorrer su mejilla mientras me decía lo que nunca quise oír.


Volví al hostal destrozado. Federico me esperaba.

—¿Qué pasó, chino?

Me acerqué, lo abracé, apoyé mi rostro sobre su pecho. Mientras se me caían las lágrimas y con la voz rota se lo confesé:

—Lana está comprometida, se va a casar en España.

Naoki Uyehara

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