Hay encuentros que no suceden en el tiempo
sino en una capa más antigua del alma.
No llegan: despiertan.
Como si algo que estuvo dormido desde siempre
recordara de pronto su nombre.
No fue elección,
fue reconocimiento.
Un pulso que se alineó con otro pulso
y ordenó el caos sin pedir permiso.
Desde entonces, todo lo que toco
queda levemente transformado,
como si llevara escondida
la huella de ese instante.
El espíritu no entiende de despedidas.
Sólo sabe de expansión y regreso.
Por eso hay ausencias que no vacían:
ensanchan.
Y silencios que no duelen,
pero enseñan a escuchar más hondo.
Hay una fe que no se pronuncia,
una certeza sin pruebas,
una verdad que no necesita sostenerse
porque se sostiene sola.
Eso que permanece incluso cuando todo cambia,
eso que no se rompe,
aunque la forma se desgaste.
Camino entre días comunes
con el pecho lleno de algo invisible.
No es nostalgia.
Es memoria del alma.
Es saber que lo sagrado no se pierde,
sólo cambia de plano.
Y aunque la vida me lleve lejos,
aunque el mundo me empuje a aprender
otras versiones de mí,
hay un punto intacto
donde todo vuelve a encajar.
Porque lo que fue verdadero
no se apaga.
Se vuelve luz interna.
Y desde ahí,
desde ese centro silencioso,
sigo avanzando
con la calma de quien sabe
que ya tocó lo eterno
una vez.
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