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Es cómico confundirse de escenario: creer que los reflectores apuntaban a ti, cuando en realidad eras solo la persona que barrió el confeti después de la función. Ahí estás, leyendo un guion que nunca fue tuyo, convencida de que el protagonista te hablaba, hasta que la realidad te recuerda que apenas fuiste un ensayo descartado. Y ríes, claro, porque la ridiculez también tiene su arte: nada más teatral que aplaudir con lágrimas en los ojos un papel que jamás te dieron.

Una mente eternamente perturbada

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