Me olvidé de lo que soy, aunque por breves momentos parece que recuerdo a aquella persona que encontraba la belleza en lo mundano.
¿En qué me convertí? ¿Por qué dejé que el dolor me destruya a tal punto de ser cruel y pedir a los gritos querer morirme?
Me prometí a mí misma que a pesar de haber atravesado cosas que no puedo poner en palabras, me iba a mantener amable. Amable porque quiero ser aquella persona que pueda utilizar su palabra para, no diría sanar, pero hacer sentir a aquel, sea quien sea, que el hecho de que esté vivo lo hace valioso. Me hubiera gustado no perderme. Me hubiera gustado sentir que yo merezco vivir. Me hubiera gustado creer que hay esperanza para mí.
¿Alguna vez alguien escuchó mis gritos de ayuda? ¿Alguien me escuchó? ¿Alguien? ¡Por favor, que baje el mismísimo Dios para decirme que alguien me escuchó! Pero Dios no me mentiría.
Una vez alguien me dijo que el espíritu es lo único que no enferma.
Empiezo a sentir que esa parte mía empieza, de a poco, a ser lo más séptico que puede existir.
No creo que haya solución posible para esto. Para mí. Para encontrar lo que era la esperanza. No sé qué es tener esperanza. No sé qué es o cómo volver a confiar. No sé qué soy porque estoy tan, pero tan llena de odio, bronca, angustia.
Esto no es vivir. Y ya me olvidé lo que era levantarme cuando me caía.
Me gustaría que este escrito no sea lo último que deje en palabras. Se me haría un poco miserable y cobarde.
Ojalá las personas que llegaron a conocerme y vincularse conmigo se queden con una imagen mía de cuando sabía ser... Ariadna.
Y lloro al saber que ya no recuerdo quién es Ariadna.
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