Es infinitamente más fácil rendirse que tener que transformarse
Aug 30, 2026
Hay batallas donde el acto de mayor control y poder personal no es seguir empujando la pared, sino dejar de sostener el techo que el otro decidió tirar abajo.
Cuando acostumbras a derribar paredes a fuerza de voluntad y trabajo, la palabra "imposible" sencillamente no encaja en tu mapa mental.
Pequé de caer en la soberbia amarga de querer enseñar a sostenerse a quien eligió la gravedad. Es decir, pequé de intentar compartir valentía.
Son las 4:50am y sigo intentando traducir la apatía.
No entiendo las mentes débiles, y los corazones derrotistas mucho menos.
Yo, que me quiero comer el mundo, no entiendo cuando se rinde. ¿Te vas a rendir tan fácil? (Es lo primero que viene a mi mente).
Llevo semanas buscando en los pliegues de sus silencios una grieta donde quepa al menos unas gotas de la valentía que le inventé durante años.
Mi razón de ser pasa por empujar el mundo hasta que encaje en la forma de mis deseos. ¿Cómo puede alguien dejar de luchar por lo que ama?
Y juro que me esfuerzo por entender. Intento entender cómo podes abandonar tus sueños.
La renuncia ajena parece una falla técnica. Un malentendido. Un problema de logística emocional que se soluciona con un poco más de ímpetu, con una última estocada de luz.
Pero yo nunca supe el sabor de renunciar a buscar el éxito.
Suelo sentir el fracaso y la derrota como caer en un abismo. Él, estaba cómodo en esa penumbra.
Qué ironía tan fina la de la tibieza. Que ironía que mi corazón haya elegido un corazón inútil.
Y llega mi puerta con los ojos húmedos, me busca el cuello, la piel, la boca. Me busca con esa devoción antigua que todavía huele a casa, a un perfume que se que voy a extrañar, y me susurra que también le duele. Llora. Promete con los ojos, sin palabras, los pocos segundos que dura el abrazo antes de irse.
Y en cuanto cruza el umbral, se disuelve.
Se vuelve humo, silencio, vicios y excusa barata masticada por bocas ajenas.
Mi corazón valiente no lo entiende.
Mi amor soñado se convierte un "hombre" promedio, cobijado en la excusa más cobarde que inventó la falta de carácter: te mereces algo mejor.
Entendí tarde que no competía contra otra persona, ni contra el tiempo.
Todavía no termino de entender pero una idea va formándose: compito solo contra su propia vocación de naufragio.
El cobarde no quiere ser rescatado porque el barro es el único lugar donde no se le exige ponerse de pie.
Durante mucho tiempo le llamé amor a la terquedad. Yo quería ser esa mujer.
Me desgasté moldeando mi propia figura, recortando mis deseos, escondiendo mi caos para no asustar, achicándome la voz para no aturdir su fragilidad. Creí que si yo amaba por los dos, el fuego alcanzaba para calentar la casa.
El duelo ya no es la ausencia, ni la soledad. Mi duelo es la presión exacta del desencanto haciéndose lugar en el pecho.
El amor no era el problema. El amor era real, gigante, invencible.
El exceso de realidad fue lo que mató mi corazón:
La persona de la que me enamoré no habría dejado que yo cargara sola con el peso de los dos.
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